domingo, 28 de septiembre de 2014

LAS HORAS REALES

Desde hace tiempo vengo pensando que el trabajo intelectual es una “artesanía”. Se produce en un taller, con un maestro, que nos va enseñando pacientemente el arte en cuestión. Nada está más lejos del taller artesanal que la producción en masa. La verdadera investigación es la que toma su tiempo, la que se realiza con atención al detalle, con precisión, con verdadera pasión y paciencia. Es un oficio que se transmite cara a cara, de maestro a alumno.



Ni siquiera el trabajo intelectual ha escapado a la voluntad industrializadora de la sociedad de consumo. Los textos y las investigaciones se producen en masa. Abundan pseudo escritores, con varios “escritores negros” detrás de sus brillantes Best-Sellers, autores que “no tienen tiempo” para entregarse de lleno a su actividad, que se vuelven más comentaristas de la actualidad que verdaderos escritores. Lo mismo podemos decir de las cuotas de producción que se imponen a los investigadores en los diferentes ámbitos académicos, universidades y centros de investigación. Los investigadores tienen ahora que “ser productivos”, encontrar financiamiento para sus investigaciones, publicar textos con un determinado ritmo, demostrar resultados y rendimiento óptimo. Lo mismo pasa en las universidades. Muchos alumnos ni siquiera tienen el tiempo que se requiere para estudiar fuera del aula porque ya están demasiado ocupados trabajando. La verdadera universidad ya no existe, se han reducido a centros de formación técnico-profesional. La universidad es presa de la voracidad de las redes mafiosas de académicos ansiosos de salario seguro; de la voracidad de empresarios que quieren “cuadros bien formados” e instituciones “universitarias” que produzcan conocimientos prácticos, aplicables a la industria; de la voracidad de los estudiantes que quieren graduarse y ganar dinero. Ahora, los estudiantes ya no son tales: son “clientes” de la universidad. Su trabajo universitario ya no son tareas ni proyectos: son productos.

Creo que el legítimo intelectual no es una máquina de producir discursos, artículos (periodísticos o científicos), historias o conocimiento. Me parece también que tiene muy poco que ver con la imagen del “hombre culto”, que considero un estéril estereotipo pequeñoburgués que pretende reducir y acomodar el trabajo intelectual a una figura decorativa e inofensiva. Para mí, el verdadero intelectual se parece mucho más al artesano honrado, ocupado en perfeccionar no sólo los objetos que produce, sino su propia técnica. Un artesano es aquél que sabe que las piezas que él construye son objetos que han seguido un camino para poder ser, y se ocupa entonces de perfeccionar la manera de traerlos a la luz. El artesano conjuga la tradición y la innovación, la herencia cultural y la apertura al futuro.


Escribiendo filosofía, me he encontrado pocos textos tan deliciosos como éste de Jean Guitton, El trabajo intelectual. Esta es la herencia de un verdadero maestro artesano, que enseña sin pretensiones, que guía a quienes conocen la dureza del trabajo artesanal de la Academia. No es un cúmulo de recetas ni una serie de instrucciones técnicas. Es casi un libro de espiritualidad, va más dirigido al corazón del sujeto que a la producción de un objeto.

Dejo aquí una pequeña parte de este libro maravilloso, que descubrí gracias a un amigo jesuita. Se llama “la distinción de las tareas y de las fases”. Trata de la manera de actuar dentro del trabajo intelectual–artesanal, dependiendo de la situación en que cada persona se encuentre. Trata de lograr que cada uno encuentre su propio modo de proceder, respetando su naturaleza y su actividad. Encontrar “las horas reales”, encontrar nuestro propio modo de trabajar y de descansar: he ahí la cuestión. Guitton no sólo indica el camino del intelectual, sino que pide que vayamos encontrando al sujeto que piensa, que escribe, que conoce.


LA DISTINCIÓN DE LAS TAREAS Y DE LAS FASES
Jean Guitton 
Esto implica también que se distinga claramente las fases del descanso, de la preparación y de la ejecución. No debería dejarse que se mezclaran estas fases; no debería uno conformarse con ese vago trabajo que no es ni la paz ni la aplicación y con el que se contentan tanto los alumnos como los burócratas. En los ejércitos, largos períodos de dejadez dan lugar de repente a la fiebre de una actividad intensa y breve, y después de nuevo al relajamiento. El manual de instrucción física, disciplina en la que es obligado actuar prudentemente, dice que el monitor debe o bien exigir un esfuerzo sostenido, o bien descansar a su gente: “No hay situación intermedia.” No se vuelve sobre lo que ya está decidido. Se lleva a término. Solamente después se cuentan los muertos. 

La regla de oro del trabajo intelectual puede traducirse así: no toleres ni medio trabajo ni medio descanso. Entrégate por entero o bien relájate por completo. ¡Que no haya nunca en ti mezcla de los géneros! 

Esto condena muchas de nuestras conductas escolares. Entren en un liceo o en un colegio, en la habitación de un estudiante, en el despacho de un administrador… verán a menudo esta regla violada. Las clases aburridas, el cuartel sin aliciente, las horas de presencia, todo contribuye a enseñar este medio-trabajo que estropea la sustancia del tiempo y que no da alegría ni en el esfuerzo ni en el descanso. ¡Pobre especie pensante! Le preguntaba al censor: “¿Pero por qué les tiene tanto tiempo en estudio?” El hombre, sincero, me contestó: “Un estudio es más fácil de controlar que un recreo.” 
“La atención – dice Simone Weil – es un esfuerzo, el más grande de los esfuerzos quizá, pero es un esfuerzo negativo. Por sí mismo, no supone la fatiga. Cuando la fatiga se hace sentir, ya casi no es posible la atención, a no ser que se esté bien entrenado. Entonces vale más dejarlo, buscar un relajamiento y volver a empezar un poco más tarde, dejarlo y volverlo a coger, igual que se inspira y se espira.” Y la atención de que habla es el estado más perfecto, el más agradable, al que el alma se resiste mucho más que la carne se resiste a la fatiga. Es una pura espera de la mente, que no se precipita sobre una verdad simulada, pero que está dispuesta a recibirla. Simone Weil dice que los contrasentidos de las traducciones, los absurdos en la resolución de los problemas de geometría tienen como causa esta glotonería de la atención que no sabe descanser ni esperar. Algunos se dejan caer en la enfermedad para evitar actos de verdadera paciencia o de valor. También los hay que se esconden detrás de una pantalla de excesivo trabajo para evitar la aplicación que les es odiosa o el descanso que les pondría frente a ellos mismos. “Ya no doy abasto.” “Sólo duermo seis horas…” Sería más bonito oír: “Disfruto con la obra de mis manos.” “Tengo ratos de ocio.” 

Habría que distinguir entonces la tarea, que es una ocupación de la que el fondo de la mente puede distraerse, del trabajo aplicado en el que se entrega uno, al menos tanto como se puede. Este último, que comporta alegrías y sufrimientos entrelazados, como todo don del ser entero, debería merecer él solo el duro nombre de trabajo. Payot tenía razón al decir: El tiempo del verdadero trabajo es corto. Y refutaba los casos de los grandes trabajadores conocidos en las Letras, mostrando que a menudo lo que llamaban trabajo consistía en una labor de braceo, de agitación regulada, de torpeza erudita; en suma, de todo lo que constituye la trama de toda existencia casera y que se resume en la bella palabra de tarea. Payot nos habla de Zola o de Flaubert; nos presenta a estos centauros trabajando durante diez horas seguidas, no porque hiciesen un esfuerzo continuo, sino porque habían sabido mecanizar su operación o porque se detenían escogiendo la palabra más adecuada. Su verdadero trabajo consistía entonces en el ejercicio del gusto, lo que exige mucho tiempo sabiamente perdido y mucha indolencia: la contención lo estropearía todo. Pero no confundamos los géneros. La tarea o el discernimiento no son trabajos en el sentido puro que yo le doy a esta palabra que implica una movilización total del ser. Se trataría, al menos para los que comienzan, de no engañarse a sí mismo, llamando esfuerzo a lo que sólo es su caricatura, su huella o su preparación. Encender las velas no es decir la misa. 
Deberíamos esforzarnos en buscar cuáles son las horas reales, aquellas en las que la atención está en un estado de lucidez, de penetración, de coincidencia con el yo más vivo. Determinar estas horas de paz activa, su número, su duración, su ritmo y frecuencia, y entonces hacer girar nuestro trabajo alrededor de ellas. No aceptar jamás que ene esas horas nos dejemos atrapar por lo estúpido de este mundo. Revolucionar nuestro horario (levantándonos a las seis o, al contrario, acostándonos a las doce) con el fin de hacer girar nuestro trabajo alrededor de los tiempos sagrados y ya no estos tiempos alrededor de nuestro trabajo. Poseeríamos la sabiduría si dispusiéramos de nuestro tiempo, cosas que se va volviendo, desgraciadamente, muy poco frecuente. Pero el espíritu de este programa puede ser conservado en nuestras horas de frescor, ocuparlas en lo que es más urgente, o lo más pesado, o lo más santamente agradable, aplicar en ellas ese maná del hombre que se llama “su posible”, y dejar lo demás a Dios, para que lo remedie. 

En ese punto los caracteres difieren. Algunos trabajan mejor por la mañana: se levantan al amanecer o antes del amanecer. Para el moralista antiguo era una regla sin excepciones el trabajar profundamente durante las primeras horas de la mañana: las órdenes religiosas la han conservado. Pero en la vida moderna, en la que todo empieza tan tarde, es muy difícil acostarse, como los frailes, a la hora del crepúsculo: los atardeceres ofrecen más soledad, más comodidad y misterio, lo que implica levantarse tarde tras un descanso reparador. Además, los temperamentos nerviosos, que cada vez abundan más en este mundo, no suelen encontrar el sueño verdadero nada más que en la madrugada y las mañanas se las hacen pesadas, porque el acoplamiento de la mente al cuerpo se hace lentamente en ellos. 

Igualmente hay que saber que la calidad de las atenciones es diferente: son pocas las atenciones a la vez plenas y constantes que pueden mantenerse durante dos horas seguidas. El Apocalipsis habla de un tiempo de silencio en el cielo, y Bossuet decía que este tiempo es de media hora. ¡Y hay que contar aún menos en la tierra! Después de veinte minutos todo se oscurece a menudo en una mente fatigada y que trabaja entonces contra sí misma. Pero el que solamente pudiera prestar atención durante diez minutos seguidos, como Montaigne, que tenía una mente espontánea (“lo que no veo a la primera ojeada – decía –, lo veo menos obstinándome en ello”), ése podría hacer mucho a pesar de ellos si renovase su esfuerzo como los remeros, que descansan un pequeñísimo instante después de cada golpe de remo. Lo que importa es conocerse y aceptarse, haber sondeado su propio poder, como si se tratase del de un aparato, saber el grado de su atención, los momentos del día en los que rinde al máximo, los momentos en los que se detiene y debe rehacerse con el descanso, la alternancia o la diversión. Esta curva de nuestra duración íntima debería estar presente en nosotros, igual que lo están las informaciones meteorológicas en el piloto transoceánico. 

jueves, 28 de agosto de 2014

UN TIEMPO GRATUITO DE TESIS EN FILOSOFIA


Me cuesta mucho trabajo explicarle a las personas que me preguntan en qué consiste un doctorado en filosofía. Independientemente de la respuesta que dé, la primera reacción de estas personas es decir que “los jesuitas estudian mucho”. Difícil, puesto que el doctorado tiene muy poco de verdadero estudio y mucho de investigación. Pero cuando digo que el tema de la tesis doctoral es “la gratuidad”, las reacciones son variadas. La mayoría de las personas me dice “¡qué tema tan bonito!” Otros, de un temple más conceptual, preguntan “¿y qué es la gratuidad?” Sólo algunos pocos se disponen a charlar sobre la importancia del tema, personas que por lo general  tienen una reflexión personal sobre la desigualdad que produce el sistema económico.

Me voy a detener en estos dos aspectos del doctorado, el jesuítico y el “temático” – es decir en la gratuidad –. Creo que ambos se inscriben en una idea que tengo sobre la investigación que realizo, mucho más general y más vivencial: para mí es un tiempo de gracia. Justamente, gratuidad y gracia hacen eco una con la otra porque estas dos palabras son inseparables. De este modo, considero que los dos aspectos concretizan una experiencia profunda, difícil de explicar, e ilustran lo que significa para mí la actividad intelectual en la Compañía de Jesús.

Los estudios de los jesuitas

¿Por qué estudiamos tanto los jesuitas? Personalmente, no creo que pueda considerarse como “mucho estudio” lo que hacemos. Creo que el interés de los jesuitas por estudiar brota de una experiencia espiritual profunda: la encarnación del Hijo de Dios en el Mundo, en la Historia, como gesto que redime y reconcilia a la humanidad entera. Un jesuita es alguien que sopesa la importancia de esta encarnación, que se la toma en serio y que quiere “entender el mundo” para poderlo contemplar y actuar en él desde la perspectiva de este gesto redentor.

En principio, los jesuitas no buscamos la “excelencia académica” sino una adecuada comprensión del Mundo. El rigor y la seriedad con que nos tomamos los estudios tienen como finalidad que dicha comprensión sea suficientemente profunda y que pueda dar cuenta de la complejidad de la realidad que nos toca vivir. O para decirlo en pocas palabras, tenemos una mayor preocupación por el rigor y la profundidad en los estudios que por la “excelencia”, puesto que sólo así se puede tener una comprensión del Mundo que permita la acción apostólica. Los jesuitas no estamos en continua “preparación”, sino en continua profundización de nuestro conocimiento del Mundo. Así, la actividad intelectual y la actividad apostólica no se entienden de manera separada, son dos aspectos de la misma actividad jesuítica que busca seguir al Señor Jesús en su tarea de redención encarnada. Es más, desde esta perspectiva la actividad intelectual del jesuita es ya una actividad apostólica.

Sin embargo, tampoco es cierto que cualquier actividad intelectual o académica pueda considerarse como plenamente “apostólica”. Puede haber varios requisitos para ello, pero sólo me detengo en uno, que considero el más ilustrativo y tal vez el más importante. En los Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola propone una meditación sobre las “dos Banderas”. Con ello, intenta ilustrar la radical oposición del modo de actuar y de vivir de Cristo y del modo de actuar del Mundo. Ignacio no considera al Mundo como malo, yo diría más bien considera el modo del Mundo como opuesto al Reino de Dios y al anuncio del Evangelio. ¿Qué es este modo del Mundo? Es un camino que nos va llevando a la búsqueda de riquezas, luego a la búsqueda de honores y vanagloria, y que termina en crecida soberbia. Es un camino fundamentalmente egoísta que se encuentra en todos lados. San Ignacio no pone un “enemigo” concreto porque este modo del Mundo se puede encontrar en la Iglesia y entre los cristianos. Todos estamos expuestos a ello. Así, Ignacio quiere que admiremos la radical oposición que existe entre el modo del Mundo y el modo de Cristo, un camino que comienza con la pobreza espiritual y actual (contra la búsqueda de riquezas), sigue con la búsqueda de oprobios y menosprecios por causa de Cristo (contra la vanagloria) y termina con la humildad (contra la crecida soberbia). Ignacio nos llevará a abrazar el modo de Cristo, o el sensus Christi, como le gustaba decir al Padre Arrupe.


Podemos decir, pues, que la actividad intelectual verdaderamente apostólica tiene que dar cuenta de esta radical oposición entre el modo de Cristo y el modo del Mundo, tiene que dejar claro que estos modos no son asimilables y que no existe posibilidad de una “tercera vía” conciliatoria entre ambos. Por eso, la actividad intelectual del jesuita tiene que ser necesariamente crítica del modo del Mundo, puesto que debe mostrar su profunda inhumanidad, así como proponer caminos alternativos más ajustados al Evangelio. Por lo mismo, dicha actividad es incompatible con la “excelencia académica”, con la búsqueda de sobresalir por encima de los demás. En cambio, una actividad intelectual crítica sí necesita un conocimiento riguroso y profundo del Mundo para poderse tomar en serio.

Independientemente de la disciplina académica que se escoja, lo importante será, pues, la crítica del modo del Mundo que se ejerza. De esta actividad intelectual surge, en mi caso concreto, el tema al que dedico la tesis: la gratuidad. Creo que mi interés por este tema surge de constatar una injusticia en nuestra realidad actual: cuando muchas personas experimentamos un mundo hostil, excesivamente basado en la dinámica del intercambio, de la ganancia y de la producción, sobre todo en una cultura del mérito, una meditación filosófica sobre la gratuidad se vuelve necesaria. Hay algo de contestatario y de novedoso en la gratuidad, a pesar de ser un concepto suficientemente clásico. ¿Pero de qué nos sirve pensar la gratuidad?

Mi reflexión sobre la gratuidad

En México, al igual que en muchas partes del Mundo, nos gusta la cultura del mérito. Nos gusta sentir que lo que tenemos y lo que somos “nos lo hemos ganado”. Y sentimos además que esta ganancia nos hace personas importantes y dignas de reverencia. Lo escuchamos en todas partes, sobre todo en los anuncios publicitarios: “venga y lo atenderemos como usted se merece.” O tal vez hemos hablado (o escuchado hablar) de tomar unas “merecidas vacaciones”.


Sin embargo, vivimos en un país donde la mayor parte de la gente no tiene lo que se “merece”, es decir lo mínimo indispensable para vivir. El mérito es una ilusión que oculta un privilegio de algunos: merecerse algo quiere decir en realidad tener el privilegio de ese algo. Pero se nos olvida que mientras exista gente que no puede ganarse la vida (o merecerla) y acceder a lo que la minoría privilegiada se ha ganado “merecidamente”, el mérito no es tal. Es simple privilegio, simple injusticia. En México nos gusta ocultar la injusticia con el mérito.

¿Por qué es importante la gratuidad para la vida humana? Porque cuando hacemos énfasis en el mérito, se nos olvida toda la gratuidad que hay detrás de lo “merecido”. Para que una persona pueda ganarse la vida, se necesitan grandes cantidades de cosas ofrecidas gratuitamente. Nadie puede merecerse el amor de la familia, la lengua materna, la cultura en la que nace, la pureza del aire, la posibilidad de crecer sano. Nadie se merece esas cosas. Todo eso se nos da gratuitamente. La gratuidad es la base, el fundamento y el principio del mérito.

Cuando negamos o minimizamos la función de la gratuidad, se pierde aquello que constituye el núcleo esencial de la vida humana. El mérito nos hace pensar en trabajo, en lo que cuestan las cosas. La gratuidad nos hace pensar, en cambio, en el don y el gozo de esas cosas. Gratuito y grato tienen la misma raíz. Lo verdaderamente gratuito es aquello que produce gozo de vivir, aquello que es grato.

Pasa lo mismo si utilizamos la palabra gracia. Se nos olvida que este vocablo es laico antes que teológico. La gracia la encontramos, por ejemplo, en la belleza de las personas. Decimos que una bailarina tiene gracia cuando baila hermosamente. O una persona que “halló gracia” a ojos de otra, quiere decir que su belleza o su encanto sedujo a esta otra persona. La gracia no es otra cosa que el aumento de vida que deriva del don gratuito. Y podemos decir que algo es gratuito porque produce gracia, es decir porque aumenta la vida y es grato. El placer vital de la gratuidad se nos vuelve así un criterio definitivo para considerar la vida humana: no hay vida sin gratuidad, sin gozo. Así que lo más importante de la vida no es “ganársela” o “merecérsela”, sino recibirla y gozarla, porque sólo así la hacemos crecer. Es más, cuando pensamos que estamos trabajando para “ganarnos” la vida, muchas veces no hacemos sino acaparar cosas que se ofrecen gratuitamente.


La tesis doctoral como tiempo de gracia

Que no se entienda mal: yo no tengo nada en contra del trabajo. La gratuidad, de hecho, no está peleada con el trabajo. Muchas veces sólo podemos recibir un don si nos disponemos a ello, y esa disposición implica trabajo. Sólo el trabajo nos hace capaces de la gratuidad. Es paradójico, pero es así. Sin embargo, el trabajo no es el “precio” que uno paga para “merecerse” las cosas, sino la actividad humana que nos permite ser gratuitos y graciosos con otros. Para volver al ejemplo de la bailarina: sólo después de muchísima práctica y de gran esfuerzo, una bailarina es verdaderamente “graciosa”. Pero la gracia no es el “merecido” fruto del esfuerzo, sino el don recibido gratuitamente y aceptado con trabajo. Y si le preguntáramos a esta bailarina qué significa para ella la práctica del baile, tal vez hablaría mucho más del “gozo” y de la “pasión” del baile, que del “precio que hay que pagar” por ser bailarina.

Así que este tiempo de tesis doctoral es, también para mí, un tiempo de gracia. Un tiempo de maduración lenta de mi propio pensamiento filosófico, que implica trabajo, pero que se sustenta en el gozo de esta actividad. No sólo en el gozo de ser filósofo sino, más ampliamente, en el gozo de ser jesuita. Es un tiempo de gracia aunque implique un esfuerzo intelectual mío y un esfuerzo financiero de la Compañía de Jesús: hacer tesis doctoral puede ser un privilegio, pero resulta muy enriquecedor para nuestra actividad jesuítica. Y espero que no sólo me haga disfrutar a mí de este tiempo, sino que otros puedan gozar del fruto de este trabajo.

jueves, 13 de marzo de 2014

A UN AÑO DE UNA ELECCIÓN POLÉMICA

Hoy hará un año que escribí estas reflexiones que pongo a continuación, y que intitulé "Una mirada al Papa Francisco". Resulta que un amigo mío de la infancia tiene un periódico y me pidió unas líneas a propósito del nuevo Papa Bergoglio, el día de su elección. A un año de distancia, puedo confesar que esta petición me supuso un malestar y un trabajo enormes: yo no estaba demasiado entusiasta con la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa. Muchos jesuitas latinoamericanos no lo estábamos. Había muchas historias que habían circulado durante muchos años, a propósito del desempeño de Bergoglio como provincial de Argentina, y que minaban nuestras expectativas sobre lo que podía ser el nuevo Papa. Y nos equivocamos, (¡bendito sea Dios!) crasamente.

No es hipocresía. Me da gusto y vergüenza haberme equivocado. Gusto, porque este Papa ha supuesto una vuelta a lo más importante del Evangelio: la misericordia y el amor de Dios como centro de la vida cristiana. Vergüenza, porque creo que yo mismo no fui misericordioso en mi juicio sobre Bergoglio, un juicio que no siempre fue interno aunque tuve mucho cuidado de no hablar demasiado sobre ello, sobre todo con personas que no son de la Compañía. Hay que admitir que había motivos para pensar lo que pensaba, motivos que al parecer él mismo ha confirmado en parte (y en gran parte no), pero estas cosas también me enseñan a ser más cuidadoso. 

Pongo el artículo que escribí hace un año. En aquellos días yo pensaba que era excesivamente optimista, pero descubro con gran gusto que ¡me quedé corto, cortísimo! Realmente he descubierto a un buen pastor en este Papa, de esos que uno piensa a veces que nunca llegan muy lejos ni muy alto. Me quedo con frases suyas que me parecen muy osadas pero que hacen eco en mi modo de ser jesuita: “sean pastores con olor de ovejas… ¡que se sienta!” “Salir de nosotros mismos para ir a la periferia al encuentro de los más alejados, los olvidados y quienes necesitan comprensión, consuelo y ayuda.” “Si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla.” Y de verdad, tampoco estoy siendo hipócrita cuando digo que nunca pensé escuchar estas cosas en boca de un Papa. Espero seguir disfrutando de esta gran bendición.


Una mirada al Papa Francisco
Rubén Corona, S.J.

En estos días, me imagino que a los jesuitas nos repetirán bastante las mismas preguntas: ¿qué podemos esperar de la elección del nuevo Papa? ¿Será conservador o progresista? ¿Cómo va a resolver los asuntos pendientes de la Iglesia? ¿Qué te parece el hecho de que sea jesuita? Independientemente de las ganas de muchos de hacer especulaciones, estimaciones y demás pronósticos, creo que podemos ver algunos rumbos posibles en los gestos del Papa Francisco.

No es casualidad que hubiera elegido el nombre de Francisco. Al parecer, no escogió ese nombre por el santo jesuita del siglo XVI, Francisco Xavier, sino por el santo de Asís. Bergoglio adquirió una reputación de austeridad cuando fue arzobispo de Buenos Aires, que juntó con una preocupación por los más necesitados. Al parecer, fue un obispo realmente entregado a su labor pastoral, cercano, sencillo, austero, vivo. Podemos decir que nuestra Iglesia vive momentos en que una profunda restauración se hace necesaria. Ya los cardenales habían manifestado la necesidad de elegir un Papa verdaderamente volcado al trabajo pastoral. La imagen de san Francisco restaurando la pequeña capilla de la “Porciúncula” viene a la cabeza, o tal vez aquella del sueño de Inocencio III, en el que el Papa vio al “poverello” de Asís sosteniendo la Iglesia.


La restauración no tiene que ser espectacular, por lo menos no tiene que serlo en sus inicios. En su primera aparición, el Papa Francisco no hizo mención de su condición pontifical sino episcopal. Es, ante todo, el obispo de Roma. Es un gesto fuerte y al mismo tiempo es sencillo. Presentarse con austeridad ante el pueblo al que se debe como pastor es un gesto humilde, tal vez imperceptible para muchos, pero lleno de sentido. No se presenta primero al mundo con un triunfalismo pomposo, sino que pide la bendición en un gesto de sencillez. ¿Teatralidad? Sólo podremos saberlo por la manera en que sus acciones y sus decisiones se articulen con la figura del pastor inclinado ante la grey.

Sin embargo, la austeridad no lo es todo. Jorge Mario Bergoglio es sobre todo un jesuita, un religioso formado en una espiritualidad, la de san Ignacio de Loyola, que le confiere un estilo personal. El cristianismo es un modo de vida, no es simplemente una doctrina sino algo que compromete a la persona entera, es decir que lo fundamental está en la manera en que el creyente se decide a vivir unido y entregado al Dios de la vida al modo de Jesús de Nazaret. La espiritualidad ignaciana es un seguimiento de Jesús pobre y humilde (encontramos también algunos gestos “franciscanos” en san Ignacio de Loyola) para más amarlo y mejor servirlo. Frente a los problemas del mundo, el jesuita es alguien que vive una comunión personal íntima con Jesús y que lleva esta relación a todos los ámbitos de la vida. Desde esta perspectiva, todo toma su lugar. No es sino a partir de esta relación con Cristo que el jesuita se define como un religioso de vida activa, puesto que es contemplativo en la acción.



La acción pastoral está cargada de espiritualidad, de la relación con Dios que fecunda los trabajos y el trato con las personas. Visiblemente Bergoglio ha sido un pastor impregnado de este espíritu. Esto es muy importante, porque la apertura de los ministros de la Iglesia no se define en las posiciones más o menos “progresistas” que puedan tener. Se define en cambio en la mirada que tengan sobre el mundo, en la manera de contemplar la acción de Dios en medio de nuestras vidas y de nuestra realidad. La apertura se da en el modo de mirar al mundo.

Seguramente, la mirada que lance el Papa Francisco sobre la Iglesia será muy distinta de las que hemos visto últimamente. Es una mirada que viene de los márgenes. Un Papa que viene del sur, de América Latina, de un pueblo empobrecido y necesitado de consuelo. “Me fueron a buscar al fin del mundo”, dijo en la Plaza de San Pedro. La suya será una mirada distinta, no será la mirada de un gran personaje mediático o de un intelectual, será la mirada de un pastor que viene de los límites del mundo, que ha querido estar con los marginados y desde ahí contemplar esta acción de Dios.

Todo esto ilumina de una manera nueva la falsa dicotomía entre “conservador” y “progresista”. Es evidente que Jorge Mario Bergoglio es alguien que tiene una formación muy clásica dentro de la Iglesia y que no es dado a las innovaciones en materia de moral. Eso es cierto. Desde ese punto de vista, no tendremos un Papa demasiado reformista o de cambios espectaculares (aunque me da por pensar que el único cambio que la gente quiere ver es en moral sexual, algo tremendamente reductor del Evangelio y de la vida cristiana). Su reforma estará (o no) dentro de su relación con Dios y su relación con el Pueblo de Dios que es la Iglesia. Ahí estará todo. Lo demás es de pocas miras. Por eso, soy de los que piensan que la verdadera reforma es primero pastoral y de acción social.


Es cierto que la historia de Bergoglio es difícil. Como superior provincial de los jesuitas en Argentina tuvo una actuación polémica, e incluso podríamos decir que fue cuestionable. Sin embargo, no hay un único punto de vista de estos hechos. Hay personas que lo sostienen y que lo apoyan. Hay que recordar que en periodos de represión o de guerra, los puntos de vista no son homogéneos. Dicho sea de paso, esta historia suya en la Compañía de Jesús contrasta mucho con su actuación como obispo, donde mucha gente se pone de acuerdo para decir que lo hizo muy bien. El arzobispo Bergoglio ha sido alguien querido por los fieles y por los sacerdotes de su diócesis.

Tal vez lo mejor que podemos hacer es lo que él mismo nos recomendó: rezar por él. Su avanzada edad y sus problemas de salud no nos permiten pensar que tendremos muchos años del papado de Francisco. Puede ser un “Papa de transición”. Yo quisiera pensar en un Papa de restauración, sobre todo que restaure la relación de Dios con su pueblo. Que podamos volver a entender que la Iglesia no es un lugar donde alguien “hace carrera” o busca fortuna, sino que es el lugar donde se decide esta relación de Dios con su pueblo y de cada persona con Cristo. Ojalá.