sábado, 24 de marzo de 2012

Y NADA MÁS

Cucho nos anunció que se moría, que se iba más rápido de lo esperado. Nos dijo que no quiere escándalos, ni tortas, ni hacerla de jamón: “no la hagan de pedo, porque la pedí de jamón” o nada ni nadie “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Me parece que tiene derecho a irse contento y agradecido, sin aspavientos, sin lamentos, como el andariego: “ahí junto a mi cruz, yo sólo quiero paz.”


Más allá de la tristeza que me dio el anuncio, más allá del accidente de estar a nueve mil kilómetros de distancia, me puse a pensar. Y me dio vergüenza acordarme de lo que hacía. Todo me parece tan banal, tan poca cosa, tan pequeño. Mientras yo me entrego a mis pequeñas disciplinas, a los principios y las justificaciones éticas de las cosas o de mis negligencias, Cucho se prepara para morirse. La perspectiva de la muerte, de este último trance que todos tendremos tarde o temprano, ilumina el mundo de manera distinta. Es una verdad archisabida, y sin embargo tan novedosa.

No sé si es sólo tristeza. Creo que no. Me acordé de la muerte de Manuel, tan parecida y tan reciente también. La muerte de Meme, tan porculpadelomismo. Todavía está tibio el recuerdo de la última bendición que me dio Manuel, que nos dimos ambos. La muerte es también una ocasión para sujetar la última interpretación, tal vez la última ocasión en que le vamos dando sentido a todo.

Frente a la pesadez de los planes y los criterios, frente a todas aquellas cosas que viviendo nos parecen necesarias, la levedad de la muerte hace que todo parezca vano, simple, incluso ridículo. Durante nuestra vida, los humanos podemos tratar de darle solución a todo: hacemos crecer la justicia contra la pobreza, hacemos florecer el trabajo contra los desiertos, nutrimos el calor de la presencia y de la escucha contra el áspero vacío del sinsentido. Y todo está muy bien. Todo eso nos arrastra hacia el mundo, hacia el suelo, porque cada cosa que hacemos es necesaria para vivir… y por eso nos pesa tanto, o nos hace tan pesados. Y aunque lo necesario nos hace graves, pesados, tampoco puedo dejar de pensar que todo eso se vuelve estúpido cuando la muerte pasa cerca.

¿De qué sirve todo? “El hombre, como la hierba son sus días; como la flor del campo, así florece; cuando el viento pasa sobre ella, deja de ser, y su lugar ya no la reconoce.” (Sal. 103). Pasamos la vida ocupados, floreciendo, aprendiendo a conocernos a nosotros y al mundo en que vivimos, aprendiendo a hacernos graves y viviendo hasta el fondo. Pero llega la muerte y todo se vuelve frágil, así como el viento pasa y todo deja de ser. Somos pesados y al mismo tiempo leves, pero nuestra propia levedad nos hace dejar de ser, además de que parece burlarse de lo que somos. Sabemos que no podemos llevarnos nada a la tumba, pero el afán nuestro cotidiano adquiere un tono ridículo, efímero, inconsistente frente al gran misterio del final. Sabemos que morimos, pero queremos dejar una huella inmortal en el mundo, que nunca vuelva a ser el mismo que fue sin nosotros. Que sea distinto.


¿Por qué nos afanamos tanto? Cada persona marca el mundo de manera definitiva. El engaño consiste en pensar que no es así. El mundo es, ha de ser necesariamente distinto con cada pequeñín que nace dentro de él. Tiene que hacerle un lugar, tiene que tomarlo en cuenta. El mundo se deforma con la llegada de cada persona, como se deforma irremediablemente el vientre de la madre que lo trajo a la vida. Nuestra marca es total y definitiva. No nos damos cuenta de su presencia, porque es una huella tan amorosa que nunca se nos reclama el espacio que ocupamos: se nos entrega incondicionalmente. El mundo no puede ser el mismo sin cada uno, únicamente por haber-sido. Y los otros ya no pueden vivir “como si nunca hubieras existido”. Nuestro haber-sido es un estigma irremediable que sacude el universo entero.

Es curioso. El mundo no nos dice quiénes somos cuando nacemos. Otros nos ponen un nombre, nos heredan una cultura, nos enseñan a vivir. Pero el mundo parece ignorarnos. Su silencio amoroso, signo de su entrega incondicional y de la gratuidad absoluta del estigma que ha permitido que le hagamos, nos hace buscar quiénes somos. Nos afanamos en encontrar un lugar para nosotros, sin saber que hemos nacido en medio de él. El mundo se repliega para acogernos y nosotros acogemos este doblez “construyendo” nuestro lugar. Sin embargo, cuando construimos nuestro rincón en realidad sólo estamos nombrando al mundo. Buscamos nuestra identidad nombrando al mundo, definiéndolo. Esto no es un acto de superioridad o de prepotencia: venir al mundo, dijimos, es definitivo: nos define, pero también define al mundo. Nosotros le damos forma cuando lo deformamos al entrar y lo re-formamos al vivir.

Pero nombrar al mundo nos puede hacer caer en el engaño del poder.

La trampa que también nos espera en nuestra definitiva tarea cotidiana es, justamente, no entender la paradoja que significa nombrar o definir. Hay algunos que nombran al mundo como se nombra a las cosas, como si pudiéramos poner la mano sobre él, como un objeto. Intentan guardar al mundo en un armario y que sea el mundo, buen esclavo, quien los defina a ellos. Estos son los amos del mundo. En cambio, hay muchos que, viviendo, corresponden amorosamente a aquello que han recibido al nacer en un lugar, en una cultura, en una historia. Estos no son amos, son hijos. Quienes verdaderamente definen y comprenden su propio lugar son los hijos, porque al delimitar no buscan gobernar una parcela sino asirla amorosamente, ocuparse de ella. El mundo tiene lugar para algunos amos y para muchos hijos. Que existan amos es un misterio. Que existan hijos es un regalo. 

Los hijos llevan al mundo, su mundo, dentro del corazón. Saben del dolor de vivir porque sienten el peso que los ata a las cosas. Vivir es volverse graves porque sólo así definimos al mundo que ha de acoger a otros, y nos deforma porque el amor es pesado. Nos dejamos llevar por lo que implica vivir… nos volvemos importantes porque llevamos nuestra actividad hacia el interior del mundo, hacia abajo. Pero el dolor de la vida nos va alejando también de su alegría y de nuestra propia levedad. Nos hace caer en el olvido: perdemos de vista que vivir no es necesario, aunque sea irreversible e irremediable. Se nos olvida que vivir es gratis.

Y súbitamente, la muerte aparece para cortar esta atadura. Nos vuelve livianos. Nos hace mirar nuestra existencia deformada por el peso de vivir como si todo hubiera sido un engaño, un juego que nunca entendimos. Y nos desfonda pensar que todo fue en vano, que todo ese peso estaba ahí para ser borrado y que nuestro paso en el mundo no fue sino un mal simulacro. La preocupación de la marioneta que se afana por sandeces, por llevar adelante un juego que al final, también definitivamente, va a perder. Si al final todo desaparece, ¿por qué entonces vivir es tan difícil? El mundo se nos vuelve una mala broma y, como en el salmo, nuestro lugar ya no nos reconoce. Desesperamos.


Pero la desesperación es un estado de ánimo tan ingrato como un mal amante: cuando se harta de nosotros nos lanza de su lecho, nos devuelve a nuestra pequeña cotidianidad. Y comenzamos así a dejar la desesperación cuando recordamos que el mundo ya nos había regalado, desde el comienzo, las marcas para nuestra vida. La esperanza comienza, sin grandes dramas ni ovaciones, cuando tenemos la certeza de que el juego estaba ya ganado al momento de comenzar y que eso es gratis. Cuando contemplamos la cicatriz que el mundo dejó que le hiciéramos cuando llegamos a él.

Somos tan eternos como el mundo. Y nada más.

Entonces… aceptar la muerte tal vez quiera decir estar seguros de que el mundo no será jamás el mismo sin Cucho. La cicatriz de su llegada – ¡y qué gran cicatriz! – ya quedó trazada, imborrable. Pero ahora no habrá quien la llene. Eso es todo. El mundo será un poco más leve sin Cucho. Nuestro corazón de hijos del mundo, marcado por Cucho, mirará también la cicatriz que dejó en nosotros. La huella de Cucho quedará vacía y el corazón también será más leve porque él fue alguien importante. Cuando reconocemos la huella abandonada de Cucho en el corazón, sabemos que somos agradecidos.

Sé muy bien que a mi soliloquio le falta algo: ¿“Quién nos separará del amor de Cristo”, y de aquellos a quienes amamos? Pero esa historia ya la contó Cucho.


sábado, 17 de marzo de 2012

Recordando a Camilo Maccise


Hoy, un día después, me enteré de la muerte de fray Camilo Maccise, ocd. Creo que fue un religioso inspirador, un apóstol de su tiempo y una persona comprometida con el Evangelio, con los pobres y con la Iglesia. Fue superior general de los carmelitas desde 1991 hasta 2003. Algunos miembros del grupo "Diálogos Fe Cultura", que era un grupo convocado desde el Iteso pero formado con académicos de varias universidades de Guadalajara, tuvimos un encuentro con fray Camilo en 2008. El nos hizo una conferencia y luego fuimos invitados a responder a lo que nos había dicho.

Creo que sería largo poner toda la conferencia de fray Camilo. Para recordarlo, más bien quisiera poner en este blog mi respuesta a su conferencia. Respuesta a un discurso ausente. No sé si tenga valor por sí misma, pero la respuesta que en aquél momento le dirigí quiere ser hoy también mi personal modo de recordarlo y de recibir en el corazón lo que él significa para muchas personas que están comprometidas y deseosas de vivir el Evangelio de Jesús.



Transmitir la fe que nos anima

Respuesta a Camilo Maccise

Escribir desde una perspectiva teológica es tratar de describir la esperanza del mundo. El teólogo busca siempre razones para seguir creyendo, esperando, amando. Desde su mirada nada es completamente absurdo, todo queda integrado en un amor más grande que el nuestro, el amor de Aquél que nos mantiene vivos y que resalta la belleza de cada uno de los seres que pueblan nuestro mundo.

Hacer teología es buscar razones para que la esperanza no parezca pura alienación. Pero la teología es siempre un juego paradójico: muchos profetas buscan primero obscurecer el mundo para que el amor de Dios pueda aparecer con toda su fuerza. Como si hiciera falta invocar la noche para poder ver el sol, muchas veces los teólogos dibujamos realidades desesperadas, absurdas y llenas de pecado, como si quisiéramos crear un ambiente de contraste que nos permitirá, en un segundo momento, distinguir la silueta divina que se oculta en la realidad del mundo. Es decir, muchas veces el teólogo parece afirmar que si no hubiera pecado, no habría necesidad de la gracia o de la presencia de Dios entre nosotros.

En contraste con esta tendencia, la conferencia del Padre Camilo Maccise nos habla de la fe en tiempos de crisis de una manera matizada, sin dar señales de alarma, sin pretender introducir la luz en tiempos de obscuridad. Es como si escucháramos los ecos de aquella oración de Santa Teresa de Jesús: “líbrame Señor de los santos con cara triste, porque un santo triste es un triste santo.” La visión de Camilo Maccise nos dice que no estamos en tiempos desesperados o de caras tristes. Al contrario, nos va guiando sin triunfalismos ni pesimismos por una realidad que pide ser interpretada a la luz del Evangelio y de la fe en Jesucristo.

La conferencia no nos evita el paso por situaciones problemáticas que no están del todo resueltas, que siguen siendo tema de controversia. Tratando de articular una respuesta, haré énfasis en algunos puntos difíciles invocados por el Padre Maccise, algunos puntos que pedirían ser tratados con mayor detenimiento. Ello puede introducir matices importantes en algunas ideas, aunque las conclusiones serán similares.

El propósito de estas líneas es hacer hincapié en la necesidad que tenemos hoy día de transmitir un evangelio de libertad. Creo que no es una propuesta que se aleje enormemente de la conferencia del Padre Maccise, aunque subraya ciertos puntos que en mi opinión son importanes.

Este trabajo tiene dos partes. En un primer momento, intento poner en relieve algunos aspectos de la crisis actual sobre los que, como ya he dicho, conviene detenerse. Hay una crisis profunda, atribuida generalmente a la globalización, que va permeando todas nuestras sociedades: una crisis de credibilidad institucional, o tal vez crisis de los fundamentos constitutivos de la sociedad. En la segunda parte trataré de mostrar por qué una transmisión del Evangelio puede ser una respuesta pertinente a esta crisis. La razón fundamental es que la esperanza cristiana contiene, pues, un dinamismo de una libertad que establece fundamentos y que puede responder de manera adecuada a los cambios que vivimos hoy.


1. Los elementos de una crisis profunda

Al comenzar a definir cuál es el concepto de crisis, Camilo Maccise nos recuerda que “No es la realidad externa la que está en crisis, sino la persona que se sitúa o se encuentra en relación de crisis con dicha realidad. Se sitúa para juzgar, purificar, decidir.” Sin embargo, es preciso aclarar que hay realidades humanas que también pueden entrar en crisis y no sólo personas. Muchas veces, las crisis obedecen a situaciones colectivas ante las cuales no se tiene elementos para tomar distancia, o simplemente no se encuentran categorías adecuadas para poder dar un juicio certero sobre dicha realidad.

Hay muchos elementos que nos pueden hacer pensar en un “cambio de época”, elementos que tienen que ver directamente con la llamada “globalización”. Sin embargo, la complejidad que alcanzan las causas de esta crisis propia de un cambio de época se ve reflejada en el desfallecimiento de la estructura general de la sociedad. Yo definiría esta situación de crisis como un tambaleo del cosmopolitismo. Diría que este desfallecimiento pone en jaque todo el intento de globalización orquestado por las grandes potencias mundiales, puesto que afecta sus fundamentos mismos.

Un segundo elemento, que trataré de definir también, es la forma en que esta crisis general afecta a las religiones institucionales o positivas. No quiero afirmar con ello que el tambaleo del cosmopolitismo sea neutral frente a las religiones; habría que decir que además de los efectos causados por la crisis social, las religiones tienen una crisis propia. Paso a tocar ambos puntos.

a) Un cosmopolitismo tambaleante

En su opúsculo Idea de una historia universal, dice Kant: “El problema esencial de la especie humana, aquél que la naturaleza le obliga a resolver, es la realización de una Sociedad Civil que administre el derecho de manera universal.[1] Si bien se trata de un postulado de filosofía política, esta afirmación traduce bien el intento de la llamada globalización. En realidad, la construcción de organismos internacionales que regulen de alguna manera la cooperación entre Estados libres y soberanos lleva ya mucho tiempo. Pero sólo hasta hace poco nos hemos dado cuenta del proceso que se ha desatado con la construcción de estos organismos. La globalización es un hecho que se nos ha ido imponiendo y que poco a poco va abarcando más ámbitos de la vida social.

A partir del 11 de septiembre de 2001, el terrorismo internacional ha obligado a cambiar las concepciones de éste incipiente cosmopolitismo kantiano que llamamos globalización. Este cosmopolitismo descansaba sobre una serie de ideas bien establecidas: soberanía, cooperación, intercambio, desarrollo, seguridad, etc. Sin embargo, todas estas nociones han comenzado a cambiar con el terrorismo. Un ejemplo: pareciera como si la noción de soberanía se viera, por momentos, saboteada por la de seguridad. Hemos comenzado a constatar cómo algunos Estados fuertes comienzan a obligar a los débiles a cooperar con sus sistemas de seguridad, además de asistir a la cancelación de un buen número de derechos ciudadanos en nombre de la seguridad. Estos cambios han influido mucho en la visión que los mismos ciudadanos tienen de sus propios gobiernos y de la eficacia que pueden tener para proveer condiciones óptimas de vida. Las instituciones comienzan a resquebrajarse en su legitimidad.

Además del terrorismo, el fenómeno de la migración introduce también un factor que dificulta dicha legitimidad. Algunos países ricos como Estados Unidos, Francia o Alemania tienen muchos problemas para integrar a la población migrante a sus sistemas sociales. A propósito de los motines y revueltas del 2005 progagonizados por jóvenes hijos de migrantes en Clichy-Sous-Bois, en las afueras de París, el sociólogo Jean Baudrillard comenta: “la cuestión social de la inmigración no es más que una cuestión más visible, más tosca, del exilio europeo en su propia sociedad (…) La verdad inaceptable está ahí: ya ni siquiera nosotros integramos nuestros propios valores y, de repente, puesto que no los asumimos, no nos queda más que pasárselos a otros, voluntariamente o por la fuerza.[2] Es decir, para Baudrillard el fracaso en la integración de los migrantes demuestra el fracaso general del modelo social occidental. El sociólogo francés afirma que la integración social de los inmigrantes ha ido fracasando porque los grupos de extranjeros no tienen a qué integrarse, es decir no hay una verdadera sociedad constituida. Peor aún, el fracasado modelo social occidental ya no les funciona ni siquiera a los europeos.

Terrorismo y migración no hacen sino poner en evidencia una realidad mayor. Hay una crisis en la legitimidad de las democracias liberales, una crisis del fundamento de las instituciones. La sociedad occidental ya no logra suscitar la solidaridad de sus ciudadanos como lo hacía antes. Habermas y Ratzinger abordaron este mismo tema en el año 2004[3]. Ambos coincidían en el diagnóstico, aunque Habermas se mostraba más bien escéptico ante la posibilidad de una salida de la crisis en cooperación con la religión. En cambio Ratzinger parecía más propenso a pensar que la cooperación puede ser benéfica para ambos y no pondría en riesgo los logros del Estado moderno, celoso de su independencia respecto de la religión.

Habrá que volver sobre esta idea de Joseph Ratzinger, puesto que ella toca más directamente el papel de la fe en este momento de crisis social. Es decir, la cuestión ya no es cómo puede la fe ayudar a fundamentar estas instituciones sociales en crisis, sino cómo la fe cristiana es capaz de darnos un fundamento en un momento de crisis general. Sin embargo, quisiera abordar primero una parte de la crisis que atañe directamente a la religión y que forma parte de esta crisis general.


b) La credibilidad de las religiones

El terrorismo que hemos visto surgir en los albores del siglo XXI no es un simple terrorismo político. El fundamentalismo religioso ha estado muchas veces ligado a la justificación de la violencia ejercida contra la sociedad civil. Las sociedades han vuelto a poner el estado de alerta respecto de las religiones: islamistas y fundamentalistas cristianos invocan a Dios para ejercer la violencia, para castigar, para matar.

Pudiéramos argumentar, pues, que sólo quienes toman la religión de un modo fanático y totalitario se vuelven violentos. Pero poco a poco ha comenzado a surgir una pregunta que se extiende a todas las religiones. Joseph Ratzinger la formula de esta manera: “¿es la religión una fuerza de curación y de salvación, o no será más bien un poder arcaico y peligroso que construye falsos universalismos induciendo a la intolerancia y al error?[4] Dicho de otro modo, ¿la religión es intrínsecamente violenta? Si fuera cierto, ¿es entonces algo que debemos superar para lograr un progreso en la humanidad?

A primera vista, no tenemos una opción alternativa que sea capaz de suplir los aportes de la religión. El progreso material producido por la ciencia y la técnica, así como las organizaciones colectivas políticas y sociales implementadas gracias a la razón moderna no han sido capaces de llevar a los hombres hacia un verdadero progreso. Una prueba es la crisis política de la que hemos hablado ya.

¿Cuáles son entonces nuestras alternativas? A corto plazo, sólo podemos decir que la humanidad enfrenta una serie de crisis inéditas y que nos ha producido este cambio de época del que nos hablaba el p. Maccise. Quisiera, pues, terminar diciendo por qué considero que la transmisión del Evangelio es una aportación a nuestra situación actual y por qué lo considero como una vivencia válida de la fe hoy.

2. Transmitir un Evangelio de libertad

El padre Maccise terminaba su conferencia exhortándonos a una nueva transmisión del misterio de Dios: “La fe en tiempos de crisis nos invita a “grabar en nuestro corazón y transmitir a los demás una imagen nueva de Dios.” Esta novedad es justo la libertad del Evangelio, una libertad distinta de aquélla consagrada por la razón ilustrada.

Creo que es conveniente hacer énfasis en la libertad propuesta por el Evangelio. No se trata de la misma libertad que buscamos en nuestra sociedad o incluso de aquella libertad que se busca como salida a la opresión del hombre por el hombre. Quisiera subrayar la dimensión fundadora de la libertad cristiana, dimensión que la aleja radicalmente de la libertad tal como la proponen las diversas corrientes de pensamiento modernas. En pocas palabras, la libertad evangélica no se trata de una libertad para hacer, sino una libertad de ser. Explico ambas brevemente.

La libertad para hacer es aquella que busca desprenderse de servidumbres y ataduras arbitrarias para poder ejercitar las propias potencialidades. Es la razón que busca liberarse de la servidumbre de la autoridad civil y religiosa para poder pensar con mayor libertad. Es aquél propósito del Tratado teológico-político de Spinoza: “la libertad de filosofar no es nociva para el Estado ni para la piedad religiosa”.

Esta libertad es fundamental para la ciencia y para la técnica. Sin embargo, muchos filósofos han encontrado que esta libertad no es una libertad fundadora. La libertad para hacer no funda nada. Su misión es cortar amarras, quitar estorbos, criticar puntos de partida, denunciar las posibles alienaciones del hombre; por lo mismo, esta libertad no es un poder fundacional. Ella permite actuar pero no es un punto de apoyo. Y tal vez, como bien sospecha Habermas, podemos atribuir a esta libertad para hacer algunas de las causas de la crisis de legitimación que nos aquejan hoy día.

La libertad de ser, en cambio, es por sí misma un fundamento. Es la roca sobre la cual el hombre puede edificar su casa (Lc. 6, 48). La libertad de ser no es sino aquella que brota directamente de la fe: Cuán bienaventurado es el hombre que ha puesto en el Señor su confianza.” (Sal. 40, 4). Libertad de ser es poner la propia confianza únicamente en Dios; sólo así podemos decir que la fe es para vivirse en la crisis.

Transmitir esta libertad, esta buena noticia, es lo que constituye formalmente la tarea del cristiano. Anunciar el Evangelio es transmitir esta fe que se vuelve libertad. La especificidad de nuestra crisis, pide un esfuerzo renovado en la transmisión de aquello que constituye el núcleo fundamental de nuestra esperanza. El mensaje cristiano es una buena noticia, algo que no se puede reducir a un simple sistema de enseñanzas, sino a un dinamismo llevado por el Espíritu que toca de lleno el modo de vida de las personas. Es noticia porque pide imperativamente ser anunciada a aquellos que no la conocen. Sin embargo, este anuncio no se remite a una proclamación. Puesto que nuestra fe es una fe viva, es necesario también transmitir esa fe que llevamos dentro.

Lo anterior implica que la transmisión pide una experiencia previa. Es decir, nada transmite quien no es testigo. La vivencia de la fe en tiempos de crisis es la experiencia de estar fundados en alguien, Cristo, que nos invita a anunciar esta Buena Noticia.

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[1] Kant, I., “Idée d’une histoire universelle”, in Opuscules sur l’histoire, Flammarion, Paris, 1990, p. 76.

[2] Baudrillard, “Nique ta mère”, in Libération, viernes 18 de noviembre de 2005.

[3] Cfr. Habermas, J., & Ratzinger, J., Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización. FCE, México, 2008.

[4] Ratzinger, J., “Lo que cohesiona al mundo”, in Habermas, J., & Ratzinger, J., Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización. FCE, México, 2008, p.42-43.

sábado, 10 de marzo de 2012

LA IMPORTANCIA DE LA (RE)LECTURA


Ὁ δ' ἀνεξέταστος βίος οὐ βιωτὸς ἀνθρώπῳ

(Platón, Apología de Sócrates)

La autobiografía se ha puesto de moda. Me ha llamado la atención ver que han proliferado talleres literarios de factura autobiográfica. Evidentemente la literatura es quien lleva la mano en estos ejercicios y se pone mucha atención al estilo, a la buena composición, a la manera de contar historias, a la estructura, etc. Sin embargo, la propia vida recuperada es siempre la música de fondo de los talleres, e incluso me atrevería a decir que es el motivo por el que muchas personas se han decidido a tomar la pluma.

Como toda moda, la autobiografía tiene derivas ridículas. Una amiga mía, que en aquél entonces estaba en un taller de autobiografía, dejó de dirigirme la palabra cuando le dije que muchas biografías de personajes ilustres no eran sino la sublimación de la historia de personas inadaptadas. Ella insistía en que no era así, que los grandes personajes como Lou Salomé o Hölderlin (… bueno, ella escribía algo así como Holdërling) eran un misterio para sus contemporáneos. Me comencé a reír cuando me di cuenta de que en realidad estaba hablando de sí misma, y eso nos costó varios meses de silencio mutuo.

“Exhibir la propia vida en toda su banalidad es una manía posmoderna”, me dijo alguna vez un amigo filósofo. Y tal vez tenga razón. En el fondo, todos somos como aquella amiga mía que se sentía la reencarnación de Lou Salomé: nos sentimos hermosos, indescifrables, sublimes en nuestra propia intrascendencia. Me acuerdo de aquél “diario” del monero Jis, que iba retratando pedazos de su cotidianidad en caricaturas que publicaba en el diario “Siglo XXI”, con todo y experiencias sexuales o parientes que le pedían que no los sacara en su diario. Todo.

Y sin embargo, contar la propia vida tiene un núcleo que nos es ineludible: forma parte de una necesaria relectura de las cosas. Así lo escribe Isabel Allende en su novela La casa de los Espíritus: “la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa, que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, (…) Por eso mi abuela Clara escribía en sus cuadernos, para ver las cosas en su dimensión real y para burlar a la mala memoria.” Siempre me impresionó esta preocupación por ver la relación entre los acontecimientos. Al principio, pensé que era algo así como un “análisis ingenuo” de la realidad, creyendo que los buenos análisis conducen a buenas estrategias y a realizar acciones eficaces.

Nada más lejano a la realidad que esos principios axiomáticos de sociólogo setentero. Y es que la relectura no es sólo cuestión de ver los nexos causales, sino la articulación que va tomando nuestra biografía en nuestro momento actual. En ese sentido, no hay dos autobiografías iguales posibles, así como nunca somos exactamente iguales a lo largo de nuestra historia personal. Se trata más bien de ver las cosas en su dimensión real y, en el fondo, de apropiarnos las posibilidades que ellas nos señalan.

Decir lo anterior, equivale a decir que nuestra vida no nos pertenece completamente a menos que decidamos apropiárnosla. Es lo que dice la frase que Platón pone en boca de Sócrates: “una vida sin examinar no es una vida humana”. Algunos han traducido la frase anterior de una manera interesante: “una vida sin experiencias es una vida sin vivencias”. Como si la experiencia no nos la pudiéramos apropiar más que a través de un esfuerzo de reflexión. Y la reflexión es una relectura. Recuperar la propia experiencia es una relectura de la propia vida.

¿Quiere decir esto que hay que estar escribiendo y releyendo la propia biografía sin cesar? No necesariamente. Porque cuando leemos siempre hacemos el trayecto de reflexión sobre nuestra propia vida. Cuando leemos nos apropiamos de nuestras experiencias. Leer es releerse.

Si alguien lee lo anterior, puede pensar que estas líneas forman parte de las campañas de marketing de Librerías Gandhi. Pero lo que digo es real: leer es releerse. La razón no es sino el camino que se emprende al momento de hacer una lectura. Salimos de nuestro cotidiano, de nuestro universo, de las cosas que le confieren sentido a todo lo que hacemos. Poco a poco, nos vamos adentrando en otro mundo, un mundo narrado, real o fantástico. La distancia que hay entre ambas partes, entre el mundo narrado y el mundo vivido, es lo que nos permite releernos al momento de leer. Puesto que muchas veces tenemos que hacer referencia al mundo que vamos abandonando, el de nuestra biografía personal, para que el mundo narrado tenga sentido, leer no es transportarse a un lugar distinto sino hacer el viaje de ida y vuelta infinitas veces. Ahí está la relectura, en esa distancia que vamos recorriendo incesantemente al momento de apropiarnos, poco a poco, del mundo narrado al que vamos entrando.

Al momento de releernos a nosotros mismos, vamos aceptando, poco a poco, tomar una distancia en relación a la propia cotidianidad. No digo que la lectura sea el remedio mágico contra el narcisismo, pero cuando de manera coloquial hablamos de “ampliar horizontes” o de “ampliar las propias ideas” mediante la lectura, nos estamos refiriendo justamente a este mecanismo. Porque quedarse en el relato autobiográfico narcisista no es sino la evidencia de la pobre calidad de relectura de la (ni tan) propia vida.

Leer como aventura y como salida de la alienación.