jueves, 28 de agosto de 2014

UN TIEMPO GRATUITO DE TESIS EN FILOSOFIA


Me cuesta mucho trabajo explicarle a las personas que me preguntan en qué consiste un doctorado en filosofía. Independientemente de la respuesta que dé, la primera reacción de estas personas es decir que “los jesuitas estudian mucho”. Difícil, puesto que el doctorado tiene muy poco de verdadero estudio y mucho de investigación. Pero cuando digo que el tema de la tesis doctoral es “la gratuidad”, las reacciones son variadas. La mayoría de las personas me dice “¡qué tema tan bonito!” Otros, de un temple más conceptual, preguntan “¿y qué es la gratuidad?” Sólo algunos pocos se disponen a charlar sobre la importancia del tema, personas que por lo general  tienen una reflexión personal sobre la desigualdad que produce el sistema económico.

Me voy a detener en estos dos aspectos del doctorado, el jesuítico y el “temático” – es decir en la gratuidad –. Creo que ambos se inscriben en una idea que tengo sobre la investigación que realizo, mucho más general y más vivencial: para mí es un tiempo de gracia. Justamente, gratuidad y gracia hacen eco una con la otra porque estas dos palabras son inseparables. De este modo, considero que los dos aspectos concretizan una experiencia profunda, difícil de explicar, e ilustran lo que significa para mí la actividad intelectual en la Compañía de Jesús.

Los estudios de los jesuitas

¿Por qué estudiamos tanto los jesuitas? Personalmente, no creo que pueda considerarse como “mucho estudio” lo que hacemos. Creo que el interés de los jesuitas por estudiar brota de una experiencia espiritual profunda: la encarnación del Hijo de Dios en el Mundo, en la Historia, como gesto que redime y reconcilia a la humanidad entera. Un jesuita es alguien que sopesa la importancia de esta encarnación, que se la toma en serio y que quiere “entender el mundo” para poderlo contemplar y actuar en él desde la perspectiva de este gesto redentor.

En principio, los jesuitas no buscamos la “excelencia académica” sino una adecuada comprensión del Mundo. El rigor y la seriedad con que nos tomamos los estudios tienen como finalidad que dicha comprensión sea suficientemente profunda y que pueda dar cuenta de la complejidad de la realidad que nos toca vivir. O para decirlo en pocas palabras, tenemos una mayor preocupación por el rigor y la profundidad en los estudios que por la “excelencia”, puesto que sólo así se puede tener una comprensión del Mundo que permita la acción apostólica. Los jesuitas no estamos en continua “preparación”, sino en continua profundización de nuestro conocimiento del Mundo. Así, la actividad intelectual y la actividad apostólica no se entienden de manera separada, son dos aspectos de la misma actividad jesuítica que busca seguir al Señor Jesús en su tarea de redención encarnada. Es más, desde esta perspectiva la actividad intelectual del jesuita es ya una actividad apostólica.

Sin embargo, tampoco es cierto que cualquier actividad intelectual o académica pueda considerarse como plenamente “apostólica”. Puede haber varios requisitos para ello, pero sólo me detengo en uno, que considero el más ilustrativo y tal vez el más importante. En los Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola propone una meditación sobre las “dos Banderas”. Con ello, intenta ilustrar la radical oposición del modo de actuar y de vivir de Cristo y del modo de actuar del Mundo. Ignacio no considera al Mundo como malo, yo diría más bien considera el modo del Mundo como opuesto al Reino de Dios y al anuncio del Evangelio. ¿Qué es este modo del Mundo? Es un camino que nos va llevando a la búsqueda de riquezas, luego a la búsqueda de honores y vanagloria, y que termina en crecida soberbia. Es un camino fundamentalmente egoísta que se encuentra en todos lados. San Ignacio no pone un “enemigo” concreto porque este modo del Mundo se puede encontrar en la Iglesia y entre los cristianos. Todos estamos expuestos a ello. Así, Ignacio quiere que admiremos la radical oposición que existe entre el modo del Mundo y el modo de Cristo, un camino que comienza con la pobreza espiritual y actual (contra la búsqueda de riquezas), sigue con la búsqueda de oprobios y menosprecios por causa de Cristo (contra la vanagloria) y termina con la humildad (contra la crecida soberbia). Ignacio nos llevará a abrazar el modo de Cristo, o el sensus Christi, como le gustaba decir al Padre Arrupe.


Podemos decir, pues, que la actividad intelectual verdaderamente apostólica tiene que dar cuenta de esta radical oposición entre el modo de Cristo y el modo del Mundo, tiene que dejar claro que estos modos no son asimilables y que no existe posibilidad de una “tercera vía” conciliatoria entre ambos. Por eso, la actividad intelectual del jesuita tiene que ser necesariamente crítica del modo del Mundo, puesto que debe mostrar su profunda inhumanidad, así como proponer caminos alternativos más ajustados al Evangelio. Por lo mismo, dicha actividad es incompatible con la “excelencia académica”, con la búsqueda de sobresalir por encima de los demás. En cambio, una actividad intelectual crítica sí necesita un conocimiento riguroso y profundo del Mundo para poderse tomar en serio.

Independientemente de la disciplina académica que se escoja, lo importante será, pues, la crítica del modo del Mundo que se ejerza. De esta actividad intelectual surge, en mi caso concreto, el tema al que dedico la tesis: la gratuidad. Creo que mi interés por este tema surge de constatar una injusticia en nuestra realidad actual: cuando muchas personas experimentamos un mundo hostil, excesivamente basado en la dinámica del intercambio, de la ganancia y de la producción, sobre todo en una cultura del mérito, una meditación filosófica sobre la gratuidad se vuelve necesaria. Hay algo de contestatario y de novedoso en la gratuidad, a pesar de ser un concepto suficientemente clásico. ¿Pero de qué nos sirve pensar la gratuidad?

Mi reflexión sobre la gratuidad

En México, al igual que en muchas partes del Mundo, nos gusta la cultura del mérito. Nos gusta sentir que lo que tenemos y lo que somos “nos lo hemos ganado”. Y sentimos además que esta ganancia nos hace personas importantes y dignas de reverencia. Lo escuchamos en todas partes, sobre todo en los anuncios publicitarios: “venga y lo atenderemos como usted se merece.” O tal vez hemos hablado (o escuchado hablar) de tomar unas “merecidas vacaciones”.


Sin embargo, vivimos en un país donde la mayor parte de la gente no tiene lo que se “merece”, es decir lo mínimo indispensable para vivir. El mérito es una ilusión que oculta un privilegio de algunos: merecerse algo quiere decir en realidad tener el privilegio de ese algo. Pero se nos olvida que mientras exista gente que no puede ganarse la vida (o merecerla) y acceder a lo que la minoría privilegiada se ha ganado “merecidamente”, el mérito no es tal. Es simple privilegio, simple injusticia. En México nos gusta ocultar la injusticia con el mérito.

¿Por qué es importante la gratuidad para la vida humana? Porque cuando hacemos énfasis en el mérito, se nos olvida toda la gratuidad que hay detrás de lo “merecido”. Para que una persona pueda ganarse la vida, se necesitan grandes cantidades de cosas ofrecidas gratuitamente. Nadie puede merecerse el amor de la familia, la lengua materna, la cultura en la que nace, la pureza del aire, la posibilidad de crecer sano. Nadie se merece esas cosas. Todo eso se nos da gratuitamente. La gratuidad es la base, el fundamento y el principio del mérito.

Cuando negamos o minimizamos la función de la gratuidad, se pierde aquello que constituye el núcleo esencial de la vida humana. El mérito nos hace pensar en trabajo, en lo que cuestan las cosas. La gratuidad nos hace pensar, en cambio, en el don y el gozo de esas cosas. Gratuito y grato tienen la misma raíz. Lo verdaderamente gratuito es aquello que produce gozo de vivir, aquello que es grato.

Pasa lo mismo si utilizamos la palabra gracia. Se nos olvida que este vocablo es laico antes que teológico. La gracia la encontramos, por ejemplo, en la belleza de las personas. Decimos que una bailarina tiene gracia cuando baila hermosamente. O una persona que “halló gracia” a ojos de otra, quiere decir que su belleza o su encanto sedujo a esta otra persona. La gracia no es otra cosa que el aumento de vida que deriva del don gratuito. Y podemos decir que algo es gratuito porque produce gracia, es decir porque aumenta la vida y es grato. El placer vital de la gratuidad se nos vuelve así un criterio definitivo para considerar la vida humana: no hay vida sin gratuidad, sin gozo. Así que lo más importante de la vida no es “ganársela” o “merecérsela”, sino recibirla y gozarla, porque sólo así la hacemos crecer. Es más, cuando pensamos que estamos trabajando para “ganarnos” la vida, muchas veces no hacemos sino acaparar cosas que se ofrecen gratuitamente.


La tesis doctoral como tiempo de gracia

Que no se entienda mal: yo no tengo nada en contra del trabajo. La gratuidad, de hecho, no está peleada con el trabajo. Muchas veces sólo podemos recibir un don si nos disponemos a ello, y esa disposición implica trabajo. Sólo el trabajo nos hace capaces de la gratuidad. Es paradójico, pero es así. Sin embargo, el trabajo no es el “precio” que uno paga para “merecerse” las cosas, sino la actividad humana que nos permite ser gratuitos y graciosos con otros. Para volver al ejemplo de la bailarina: sólo después de muchísima práctica y de gran esfuerzo, una bailarina es verdaderamente “graciosa”. Pero la gracia no es el “merecido” fruto del esfuerzo, sino el don recibido gratuitamente y aceptado con trabajo. Y si le preguntáramos a esta bailarina qué significa para ella la práctica del baile, tal vez hablaría mucho más del “gozo” y de la “pasión” del baile, que del “precio que hay que pagar” por ser bailarina.

Así que este tiempo de tesis doctoral es, también para mí, un tiempo de gracia. Un tiempo de maduración lenta de mi propio pensamiento filosófico, que implica trabajo, pero que se sustenta en el gozo de esta actividad. No sólo en el gozo de ser filósofo sino, más ampliamente, en el gozo de ser jesuita. Es un tiempo de gracia aunque implique un esfuerzo intelectual mío y un esfuerzo financiero de la Compañía de Jesús: hacer tesis doctoral puede ser un privilegio, pero resulta muy enriquecedor para nuestra actividad jesuítica. Y espero que no sólo me haga disfrutar a mí de este tiempo, sino que otros puedan gozar del fruto de este trabajo.