lunes, 23 de julio de 2012

LA SOLEDAD DEL TESISTA DE FONDO




Este es un artículo que me encontré en la revista Sciences Humaines del mes de octubre de 2011. Se me hizo bastante bueno para describir la situación de aquellas personas que se lanzan a hacer una tesis doctoral. No quisiera compadecerme de mí mismo en estos momentos, ni tampoco darle rienda suelta a la dificultad. Creo que hice esta traducción para recordarme que lo esencial de la tesis doctoral es terminarla y presentarla. Y ya. Una odisea que no sabemos bien a dónde lleva. Espero que se vaya volviendo divertida y que tampoco dure tanto. Ya veremos.

Hay una nota importante. Éste es un artículo que tiene muchos supuestos del sistema educativo francés. El mayor de todos es que en Francia sólo se llama "tesis" al trabajo de titulación del doctorado. Lo que en México se llama "tesis de licenciatura" (que cada vez existe menos) o "tesis de maestría", en Francia se llaman "memoria". Tal vez sea el equivalente de lo que en México llamamos "tesina". Escribir una tesis o hacer doctorado es exactamente lo mismo. De hecho, el trabajo fundamental del doctorado es la tesis, los cursos doctorales son algunos seminarios, que si bien pueden ser importantes no son lo sustancial del doctorado. Por eso me mueve a risa (en silencio, desde luego) que algunas personas me digan "hice todo el doctorado, sólo me faltó la tesis". Va el artículo.

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LA SOLEDAD DEL TESISTA  DE FONDO

Igual que el corredor de fondo, el doctorante tiene que resistir la distancia. Pero a diferencia del maratonista, nadie le ha trazado una línea de meta. Lo más duro de una tesis es terminar.

Héloïse Lhérété

Al principio, todo era rosa. Sophie se repetía golosa: “estoy haciendo doctorado en antropología.” Se le hacía agua la boca sólo de pensar en su tema de investigación. Estudiante brillante, había recibido una beca de investigación y se soñaba una futura Lévi-Strauss. Y pasó el tiempo. Las referencias bibliográficas se amontonaron. “Investigo, investigo y ¡hop!... me pongo a investigar”, se queja. Su vida tomó un mal rumbo: se peleó con su director de tesis, se deprimió y se puso a gastar sus escasos ingresos yendo al psiquiatra. “Ya estoy acostumbrado a los tesistas”, le confió un día el médico.  Mientras tanto, los amigos de Sophie se casaron y tuvieron hijos. Compraron un bonito auto, pidieron un crédito inmobiliario. Hoy, Sophie tiene el amargo sentimiento de haberse estancado. ¿Estará pensando en abandonar esa tesis que, según ella, le “pudre la existencia”? No, no se atreve. “Es imposible, mis padres no lo comprenderían” murmulla con una voz ahogada. Tiene 40 años.

Como Sophie, 65,000 personas están hoy en día embarcadas en una tesis doctoral en Francia, de las cuales más de la mitad, 38,000, en letras, lenguas, economía, derecho y ciencias humanas. El número de tesis entregadas cada año (alrededor de 10,000) se ha duplicado en veinticinco años, sin que las perspectivas de empleo se ensanchen mucho. Las situaciones – tanto materiales como psicológicas – varían de un doctorando al otro: algunos tienen financiamiento, otros no, algunos escogieron su tema de investigación, a otros les fue impuesto; algunos trabajan solos, otros en equipo… Pero todos coinciden en un punto: la tesis se parece a una prueba personal. No es sólo una aventura intelectual, sino que implica a todos los ámbitos de la vida. Consume el tiempo, transformando a su autor en un ser híbrido, mitad estudiante, mitad adulto, atrapado entre dos edades. También devora el espacio, por el cúmulo de libros apilados, fichas y borradores. Se mete en la vida privada y en la cabeza. Ocupa también el corazón por la implicación afectiva que suscita: “mi tesis es mi vida, mi pasión, mi amante”, resume maravillosamente Tanguy, doctorante en derecho, que borda desde hace cinco años acerca de “Las acciones de preferencia en grupos sociales”. También es el objeto de todas sus angustias, a medida que se aproxima el final de la treintena. “Por suerte ya no vivo con mis padres, reconoce Tanguy, no sin algo de humor, porque si no, mi nombre sería la cereza del pastel.


Una elección de vida
¿Por qué se lanza alguien a tal aventura? Cuando se les hace la pregunta, muchos aprendices de investigadores se salen por la tangente. “Hay preguntas que no se le hacen a un doctorante”, replica Arthur, doctorante en geografía encontrado en Twitter. Algunos responden tímidamente “el gusto por la investigación”, el hecho de “construir algo desde su propio pensamiento”. Hélène, doctorante en psicología en Metz, admite tener miedo del desempleo: “el doctorado me permite dejar para otro día el momento de confrontarse al mercado laboral.

Sólo el 10% de los doctorantes en ciencias humanas tienen una beca de investigación. Los que tienen suerte consiguen un contrato en alguna empresa o en un organismo privado de investigación, pero casi nunca ganan más de 1,700 euros al mes. Sobra decir que el dinero no es su motivación. Muchos doctorantes tienen otro trabajo. Tanguy, el tesista en derecho, tiene un puesto como jurista en una empresa. Trabaja la tesis “por la mañana, antes de salir al trabajo, entre las doce y las dos durante la pausa de la comida, y a veces los fines de semana” y dice encontrar el equilibrio en esos vaivenes. Algunos sobreviven gracias al apoyo financiero de sus padres o de su pareja, situación moralmente incómoda. En cuanto a sus perspectivas profesionales, éstas se muestran más bien deprimentes. Las plazas como investigador en el CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica) o de catedrático en la universidad, La Meca de todo doctorante, son rarísimas… situación que no mejora mucho en el lado de lo privado. Un estudio reciente revela que en Francia, el doctorado constituye un freno para la contratación. Los encargados de personal muchas veces encuentran a los doctores demasiado viejos, demasiado rígidos, demasiado teóricos… y prefieren mejor a los titulados de un master profesional o a los diplomados de las grandes escuelas.

Michel Beaud, autor de “El arte de la tesis” advierte: “es un error lanzarse a una tesis (…) si no se tienen razones serias y profundas para llevarla a término.” Por su parte, la socióloga Claudine Herzlich, autora de un  libro del mismo tipo destinado a los aprendices de investigador en Ciencias Sociales, insiste en la importancia de un “proyecto realista, simultáneamente en el ámbito intelectual y profesional.” En otras palabras, resulta vano lanzarse sin un buen tema, una gran capacidad de trabajo y un amor incondicional por la investigación. Lo esencial podría ser este último punto. “Casi siempre se habla del excesivo trabajo de la tesis. Sin embargo, también representa un lujo. Durante algunos años, tenemos la suerte de podernos consagrar, con toda libertad, a algo que nos apasiona”, recuerda Hélène, cuya tesis de psicología trata sobre “Las situaciones de molestia entre dos personas”. 

Comenzar una tesis  es casi siempre emocionante; el principal obstáculo consiste en resistir la distancia. La libertad que ofrece la investigación se puede convertir a mitad del camino en un sentimiento terriblemente angustiante. ¿Cómo avanzar en la tesis sin fechas límite, sin supervisión y sin referencias?


Enemigos muy prosaicos
La soledad del tesista es bastante radical, ya que la universidad francesa no brilla por su capacidad de acompañamiento. Un tema de tesis muy especializado contribuye también a aislar al doctorante. “Está claro que estoy solo frente a mis ideas, solo frente a mi computadora, e incluso solo en mi mundo, ya que ninguno de mis amigos entiende nada de lo que estoy haciendo”, reconoce Tanguy. Incluso los mejor acomodados no se escapan. Louise, doctorante en psicología del trabajo, hace su tesis dentro de una institución privada de investigación. Está inserta dentro de un organigrama y de un equipo de trabajo. Sin embargo, no se encuentra nunca con alguien para discutir el fondo de la tesis. Y sufre por ello. “Lo más terrible es cuando regreso a casa, confiesa. Por la noche, en la mesa, no tengo nunca nada que contar. Ninguna anécdota divertida sobre mi día de trabajo. Nada.

Esta soledad forma parte del aprendizaje del oficio de investigador. Al moverse dentro de una temporalidad desestructurada, el tesista tiene que sacar de sí mismo los recursos que le permitan progresar. En lo más profundo y difícil de la tesis, descubre que los verdaderos enemigos no son casi nunca los “obstáculos epistemológicos”. No son las teorías, los autores o corrientes de pensamiento… los enemigos son estúpidamente más prosaicos: una pereza persistente, las sábanas con frecuencia se quedan pegadas, un teléfono que suena demasiado seguido, una adicción a Internet, una pareja que cuenta con uno para las compras y el aseo de casa porque “ahí se la pasa todo el día”, o bien una pareja a la que se ha descuidado y se aleja, un consejero bancario que se inquieta, una cuñada que pregunta cada domingo “¿y entonces, para cuándo la tesis?” Al pasar los meses, la tesis se puede volver un verdadero pantano. Para constatarlo, basta ver cómo florecen los grupos de doctorantes en Facebook. Estos grupos juntan varios miles de tesistas y tienen nombres evocadores: “El octavo pecado capital: embarcarse en una tesis”, “mi tesis doctoral es mi propio Irak”, “los tesistas que opinan que su tesis es inter-minable (“inter-hartante”)”, “¿Y tu tesis avanza?... ¡cállate!”

El reconocimiento, punto crucial
Con todo, detrás de estos títulos graciosos pueden esconderse dramas humanos más o menos densos. Un estudio dirigido por la universidad e Bretaña muestra que la tesis es una fuente de stress para el 73.6% de los doctorantes. Este stress se traduce en síntomas ya conocidos: agotamiento físico y psíquico, angustias, insomnios, ideas pesimistas, sentimiento de culpa, emotividad exacerbada, accesos de violencia, dolores somáticos de diverso tipo. Las adicciones son la moneda corriente: alcohol, tabaco, cannabis, psicotrópicos, bulimia, Internet, … Algunos doctorantes tienen depresiones o “se les funde un fusible”, en particular aquellos cuyas tesis duran más de cinco años.

Estos momentos difíciles no son siempre fatales para la tesis. Para la socióloga C. Herzlich, incluso forman parte de la “trayectoria”, metáfora que toma de la sociología de la salud: “Una trayectoria de tesis tendrá planicies monótonas de las que se teme no ver el fin, curvas peligrosas, salidas felices y, a veces, rupturas definitivas.” La motivación, que nunca es lineal, tiene altas, cuando el tesista encuentra una buena formulación o descubre una lectura entusiasmante. Bajas, cuando los días pasan sin que la tesis avance. Abismos, cuando el tema parece repentinamente inasible.

Que otros investigadores den su reconocimiento al propio trabajo se vuelve crucial. Puede ser un reconocimiento financiero – becas, encargo de cursos, contrato de edición, etc. – pero también gratificaciones simbólicas: una solicitud de participación en un coloquio de prestigio, o ver publicado un buen artículo, honores, incluso algún elogio verbal. “Mi tesis comenzó verdaderamente después de presentar mi trabajo en un seminario de doctorantes, narra Justine, doctorante en filosofía. Alcancé a percibir interés en la mirada de los demás y me felicitaron. Estos signos fueron decisivos para mí, justo en un momento en que verdaderamente vacilaba. Me permitieron superar la difícil etapa de la redacción.” Si se está financiado o no, sentir el reconocimiento de su trabajo, de su actividad intelectual y de sus competencias, sobre todo de parte del propio director de tesis y también de sus pares, constituye un potente impulso para continuar el esfuerzo hasta el día de la defensa de tesis. 


Abandonarla o terminarla
Algunas tesis no terminan nunca, siempre se resisten aunque sufran. Otras mueren a fuego lento, porque su autor las abandona, sin aceptarlo realmente, por una vida profesional de mayor realización. 

Sin embargo, para la mayoría de los tesistas llega el día en que se vuelve vital terminar. En ese caso, sólo existen dos soluciones: abandonarla o terminarla. En letras y en ciencias humanas, la primera solución es la más común: la tasa de abandono se acerca al 60% según un estudio hecho por el Céreq. Las razones más comunes para justificar el abandono son “haber encontrado un trabajo” (40% de los casos), “razones financieras” (30% de los casos), y de “haber dejado de estudiar” (23% de los casos). Pero en todos los casos, esta decisión fue sopesada durante largos meses, a veces obligados por presiones familiares o académicas, y siempre fue dolorosa.

Para los otros, hay que poner fechas límite. Algunos logran fijársela por sí mismos. Como por ejemplo Tanguy, quien ha aplazado dos años seguidos la defensa de su tesis de derecho, decidió que terminaría “este año o nunca”. Otros necesitan una coacción externa: el final de una beca, la negativa de inscribirse el año siguiente, la esperanza de tener un puesto en la universidad “si la tesis fue defendida antes del 14 de diciembre”. No es raro que un evento privado como el nacimiento próximo de un hijo fije la fecha final tan esperada. El maratón irregular se termina entonces en un sprint final. Hay que llegar al final, cueste lo que cueste, a toda velocidad. Hay que renunciar por unos meses al espacio que ocupan las distracciones y al sueño para consagrar toda la energía a los últimos kilómetros. Si no se quiere ver reducidas las posibilidades y las cosas que se deseaban hay que renunciar a un capítulo y rumiar releyendo lo que hay. Si no se quiere renunciar a ser Einstein o Lévi-Strauss, solamente hay que completar lo que se pide: una tesis de doctorado honesta y honorable. Numerosos tesistas cruzan así la línea de llegada que se trazaron de manera forzada. Agotados pero ya con un peso menos, por fin doctores, tienen el título necesario para lanzarse a la conquista de un puesto. El recorrido del luchador puede comenzar.

domingo, 8 de julio de 2012

REFLEXIONES POST-ELECTORALES. O BIEN, “QUÉ GUAYABO TAN BERRACO”


¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí este cintillo que tengo 
y esta tristeza de hilo blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!
Federico García Lorca


¡La mañana de una noche difícil! Es lunes 2 de julio de 2012, y amanecí con amargura electoral en el corazón. Decepción rotunda y completa. Un dolor en el alma que no se quita ni siquiera dando rienda suelta a la tristeza. Tengo cruda en el ánimo. A la cruda, los colombianos la llaman “guayabo”. Pero este es una cruda exagerada, un “guayabo muy berraco”. 

Recuerdo pocas elecciones presidenciales como las que acabamos de tener. Nunca me había levantado de la cama tan triste por un resultado que ya conocía de antemano. Tal vez en 94 tuve una leve esperanza de un cambio que no se dio. En aquél entonces quedé igualmente decepcionado con el triunfo del PRI, aunque también estaba cansado de una jornada dura y agitada, vigilando las elecciones con Alianza Cívica en las oficinas de distrito. No sabía si era mayor el cansancio que la decepción. Levantarse la mañana del lunes (aquél año fue 22 de agosto) fue muy duro. Mañana de lunes con cara de domingo aburrido, lento, insípido. 

Me acuerdo del desconcierto tan grande. Un grupo de compañeros y yo habíamos trabajado durante varias semanas: salimos a concientizar a la gente de la importancia de votar, de pensar en serio cuál era la mejor opción, de no vender su voto, de no dejarse convencer por una despensa o por ayudas. Hicimos algunos talleres, todo lo originales que pudimos, para ilustrar las posiciones de los partidos. Y luego el trabajo de observadores: levantarse temprano a la casilla (o en mi caso a la oficina de distrito) a registrar pormenores. Y me acuerdo que nos quedamos hasta la llegada del último paquete electoral, más o menos a la una y media de la mañana. Creíamos que si hacíamos elecciones más transparentes, el rumbo político iba a cambiar. ¡Oh sorpresa!, nos dimos cuenta que, de todos modos, la gente salió aquél 21 de agosto a votar por el PRI.


Entiendo bien que lo que me sucedió a mí son pequeñas cosas comparado con la gente que se dedica a eso. Pero creo que hicimos (mis compañeros y yo) un esfuerzo notable para personas que no son políticos de profesión o para no haber militado en ningún partido. Queríamos ser “ciudadanos conscientes y comprometidos” y sentíamos que podíamos cambiar las cosas. 

Estas elecciones fueron algo parecido a aquello, a pesar de que esta vez sólo fui un  espectador por estar viviendo en un país extranjero. La misma esperanza se despertó, el mismo deseo de cambiar las cosas, el mismo optimismo que invita a ir un poco más lejos.

Esta “temporada electoral” de 2012, como varias otras, no hice nada. Sólo me limité a postear en Facebook, de manera un tanto ilusa, creyendo que podía participar de los ecos de un compartir mucho más amplio. En el 94 recorrimos algunos pueblos y varias colonias con nuestros talleres. Esta vez, yo sólo tenía enfrente a mis 800 “amigos” de Facebook, muchos de los cuales no se conmovieron en lo más mínimo con mis rollos electorales. Los que piensan como yo, ya estaban convencidos. Los que no piensan como yo, no cambiaron su visión por ninguno de mis posts.  Sólo tuve un par de conversaciones interesantes con amigos y amigas; con varios, aunque muy pocos, tuve desacuerdos y discusiones de verdad, con divergencias importantes pero tratando de darles cauce. Estos amigos “discutidores” habrán sido unos… diez. En todo caso, estoy seguro que no son ni siquiera quince. No fue ni el 2% de mis contactos, así que el nivel de efectividad fue muy inferior al montaje que hicimos en 94.

Sin embargo, tuve la sensación de participar de algo mucho más grande. De pura casualidad vi un enlace a la presentación de Peña Nieto en la Ibero, y puedo decir que presencié el momento mismo en que los estudiantes lo abucheaban y lo corrían del auditorio. El resto lo vi después. Me sorprendió muchísimo todo. Me sorprendió gratamente cómo nació el movimiento de estudiantes que después se convirtió en #yo soy 132. La verdad, me llenó de expectativas. No pensé que un grupo de estudiantes lograran convocar un movimiento que puso en jaque la candidatura de Enrique Peña Nieto. Hace mucho tiempo que no veía a David alzarse contra Goliat. Y le abollaron la campaña perfecta, lo obligaron a echar a andar toda la maquinaria del PRI, a comprar votos de manera descarada, a mandar acarreados a los mítines, a mandar golpear a los inconformes. Un PRI que parecía tener un nuevo rostro amigable, que decía ser un “nuevo PRI”, más juvenil, incluso más cercano y eficaz, se vio obligado por un puñado de jóvenes a revelarse como es: autoritario, clientelar, superficial y absurdo. A pesar de haber ganado la elección, el dinosaurio violento y corrupto fue puesto en evidencia.


¿Qué pasó, qué nos pasó con las elecciones? Que los inconformes, los que no queremos al PRI en el gobierno nos llevamos un chasco. Aparentemente, los estudiantes de #yo soy 132 nos hicieron fabricarnos una ilusión (que no era su intención, realmente) de que era posible evitar lo inevitable. Quisimos creer que, finalmente, podíamos presenciar un cambio. Los desilusionados quisimos creer… pero amanecimos tristes. Ya sabíamos qué iba a pasar y la ilusión de todos modos se nos murió entre las manos.

Creo que hay una tentación que necesitamos evitar. Y necesitamos evitarla porque nos lleva al fatalismo, a la depresión de pensar que todo da lo mismo. Nuestra tentación sería pensar que nos hemos desilusionado porque el entusiasmo desmedido es pura ilusión. Podemos pensar que la cruda es señal de borrachera. Y no es cierto. No es verdad, porque lo que anhelamos, lo que deseamos para México no es algo malo para nadie: mayor democracia, mayor transparencia, menos corrupción, mejor función del Estado de Derecho para todos. Eso por una parte. Pero por otro lado, también hubo una clara señal de que lo que pensábamos no era ilusorio. ¿Cuál es esta señal?


Ya lo decía: los jóvenes obligaron al PRI a mostrar su verdadero rostro. Pero los modos de actuar del dinosaurio dictatorial también manifestaron señales de una seria cruda post-electoral. El lunes por la mañana, oleadas de gente que había vendido su voto por tarjetas de las tiendas Soriana llegaron a las sucursales más cercanas para canjear sus vales. Querían gastar lo que tenían en las tarjetas antes de que el PRI les quitara lo que les prometió a cambio de vender su propio voto (y el voto de otras personas). Una primera tienda tuvo que cerrar sus puertas ante el exceso de compradores. Y luego una segunda. Además, hubo plantones y bloqueos de personas que pedían que el PRI cumpliera con lo que les había prometido, puesto que ellos habían vendido su voto pero ya no les pagaron. El espectáculo fue grotesco. Como telón de fondo, el virtual ganador de las elecciones diciendo que su partido no había comprado votos.

Esta "cruda post-electoral" del PRI quiere decir que la esperanza no fue una ilusión: había posibilidad de ver un cambio. Pero otra vez el poder corrupto secuestró esta posibilidad. La esperanza no era ilusa. Si no es una cruda de ilusión, ¿entonces de qué es cruda? ¿Qué es lo que nos provoca esta profunda sensación de dolor e insatisfacción? ¿Una “elección perdida”? Francamente, creo que no. Si fuera eso, creo que sería lo mismo cada elección: unos ganan y otros pierden. Pero esta vez hay algo distinto. Con el PRI expuesto, ya sabemos lo que nos espera. Pero el dinosaurio evidenciado nos mostró algo más profundo y todavía más doloroso: en México hay muchísimas personas dispuestas a vender su voto por despensa. México está lleno de personas que viven cotidianamente una violencia y una carestía profundísimas. México está lleno de personas sin horizonte, que no son capaces de ver más allá de lo inmediato. Estamos llenos de intereses mezquinos, pequeños. Hay mucha gente a la que no le importa el futuro del país, justamente porque viven en un país que se ha desentendido de ellos, que los ha abandonado en la miseria.

Yo creo que fue esa pobreza y ese horizonte lo que nos dio en la cara. El dolor viene de ahí, del desengaño de la gente que no es capaz de solidarizarse con un proyecto de país más amplio y más humano, sencillamente porque vive al día. Darnos cuenta de eso es doloroso y vergonzoso, pero no para quienes vendieron su voto. Es vergonzoso para quienes bajamos los brazos demasiado pronto. Creo que toca seguir avanzando después del guayabo del optimismo. Para mí esta es una gran llamada de atención: no habrá jamás democracia, ni proyectos, ni nada mientras exista gente excluida. Porque esa exclusión nos seguirá dando en la cara cuando pretendamos tener días de optimismo como los que vivimos hace poco. 

lunes, 25 de junio de 2012

LAS MADRES NUTREN CON LECHE Y SUEÑOS

Christian Bobin
Hace mucho que leí el libro Le très bas (El bajísimo) de Christian Bobin. Me fascinó su estilo lleno de imágenes y de símbolos. Además del regalo de su arte personal, Bobin escribe sobre uno de los santos que más causa impacto en mi vida: Francisco de Asís. Este libro es una auténtica delicia. No he encontrado una traducción al castellano disponible. Creo que las hay en Argentina y en Cataluña, en editoriales que no se distribuyen o que se encuentran poco en México. En todo caso, tal vez algún día me anime a traducir El bajísimo completo,  como me animé a traducir esta pequeña parte. La disfruté mucho y espero que los curiosos que visitan este blog puedan hacerlo también.

El libro dice algo sobre la relación de Francisco con Dios que yo he intentado seguir durante mucho tiempo. Digo que lo he intentado porque es un camino. Bobin escribe que Francisco es amigo de Dios, pero no del Dios Altísimo sino del bajísimo, del que está en medio del mundo, sobre todo en las personas sencillas. Un camino, un deseo.

Lo que me gusta de este capítulo que se llama "Además, no hay santos" es una referencia a la gratuidad en la imagen de la madre. Para Bobin, lo que es absoluto es el comienzo, el regalo de la vida. Y creo que ése ha sido mi tema en las últimas entradas: la gratuidad, el amor, la complicidad. La figura materna encarna el comienzo y la novedad, por eso es absoluta y hermosa. Es un elogio de la mujer, desde luego, pero creo que es más un elogio de la madre, porque mujeres y varones hemos comenzado en el vientre materno. Además, me gusta pensar que la santidad es dicha.

Ella es hermosa. No, es más que hermosa. Ella es la vida misma en el destello de su primera aurora. Usted no la conocía. Usted nunca ha visto ninguno de sus retratos pero la evidencia está ahí, la evidencia de su belleza, la luz sobre sus hombros cuando se inclina sobre la cuna, cuando se acerca para escuchar el respirar del pequeño Francisco de Asís, que todavía no se llama Francisco, que no es todavía más que un poco de carne rosada y arrugada, que no es más que un hombrecillo, más indefenso que un cachorrito o que un arbusto. Ella es hermosa a causa de este amor en el que se despoja a sí misma para revestir la desnudez del niño. Ella es hermosa en la medida de este cansancio al que vence siempre para poder ir al cuarto del niño.  Todas las madres tienen esta belleza. Todas tienen esta justeza, esta verdad, esta santidad. Todas las madres tienen esta gracia que puede incluso despertar los celos del mismo Dios– el solitario que está sobre su árbol de eternidad. Sí, usted no puede imaginarla de otro modo más que vestida con el vestido de su amor. La belleza de las madres sobrepasa infinitamente la gloria de la naturaleza. Una belleza inimaginable, la única que usted podría imaginarse en esta mujer solícita ante los estremecimientos del niño. Cristo nunca habla de la belleza. Sólo la frecuenta bajo su verdadero nombre: el amor. La belleza viene del amor como el día viene del sol, como el sol viene de Dios, como Dios viene de una mujer extenuada por sus pañales. Los padres van a la guerra, van a la oficina, firman contratos. Los padres se encargan de la sociedad. Es su trabajo, su gran trabajo. Un padre es alguien que representa a alguien más frente a su hijo y que cree en aquello que representa: la ley, la razón, la experiencia. La sociedad. Una mujer no representa nada frente a su hijo. Ella no está frente a él sino a su alrededor, dentro, fuera, por todas partes. Ella sostiene al niño con sus brazos y lo presenta a la vida eterna. Las madres se encargan de Dios. Es su pasión, su única ocupación, su pérdida y su consagración a la vez. Ser padre es asumir su rol de padre. Ser madre es un misterio absoluto, un misterio que no se compara con nada, un absoluto relativo a nada, una tarea imposible y sin embargo cumplida incluso por las malas madres. También las malas madres tienen esta cercanía al absoluto, esta familiaridad con Dios que los padres no conocerán jamás, perdidos como están en el deseo de ocupar bien su lugar, de guardar bien su rango. Las madres no tienen lugar ni rango. Ellas nacen al mismo tiempo que sus hijos. Ellas no tienen, como los padres, una ventaja sobre sus hijos – la ventaja de la experiencia, de una comedia actuada muchas veces en la sociedad. Las madres crecen en la vida al mismo tiempo que su hijo, y como el hijo es desde su nacimiento igual a Dios, las madres están, pues, en el santo de los santos, llenas de todo, ignorantes de todo lo que las colma. 
Y si toda belleza pura procede del amor, ¿de dónde viene el amor, de qué materia es su materia, de qué naturaleza es su ser sobrenatural? La belleza viene del amor. El amor viene del cuidado. El cuidado simple de lo sencillo, el cuidado humilde de los humildes, el cuidado vivo de todo lo vivo, comenzando por la vida del cachorrito que está en su cuna, incapaz de alimentarse, incapaz de todo salvo de lágrimas. Primer saber del recién nacido, única posesión del príncipe en su cuna: el don de la queja, el reclamo al amor lejano, los aullidos a la vida demasiado distante – y es la madre quien se levanta y responde, y es Dios quien se despierta y llega, siempre solícito, siempre atento más allá de su cansancio. Fatiga de los primeros días del mundo, fatiga de los primeros años de infancia. De ahí viene todo. Fuera de eso, nada. No hay santidad más grande que la de las madres exhaustas por los pañales que hay que lavar, la papilla que hay que recalentar, el baño que hay que dar. Los hombres sostienen al mundo. Las madres sostienen lo eterno que sostiene al mundo y a los hombres. La santidad futura del pequeño Francisco de Asís, embarrada por lo pronto de leche y de lágrimas, no obtendrá su verdadera grandeza más que de esta imitación del tesoro materno – extendiendo a los animales, a los árboles y a todo ser viviente aquello que las madres han inventado desde siempre para los recién nacidos. Además, no hay santos. Sólo hay santidad. La santidad es la dicha. Ella es el fundamento de todo. La maternidad es lo que sostiene el fundamento de todo. La maternidad es el cansancio vencido, la muerte tragada sin la cual ninguna dicha podría venir. Decir que alguien es santo es decir simplemente que se ha revelado, por su vida, como un maravilloso conductor de dicha – como se dice que un metal es buen conductor cuando deja pasar el calor sin pérdidas o casi sin pérdidas, como se dice que una madre es buena madre cuando se deja devorar por la fatiga sin guardar nada o casi nada. 
Pedro de Bernardone, ése es el nombre del padre. Un mercader de telas y sábanas. Su padre ya estaba en los negocios. El hijo hereda la fortuna del padre y su gusto por las praderas. Dama Pica, ése es el nombre de la madre. Ella no es de Asís. Ella es de mucho más lejos. Viene de Provenza. El padre llega allá por su trabajo y se devuelve con todo el oro del mundo entre sus brazos: el amor de esta hermosa dama, sin duda su mejor negocio, la tela más fina que jamás hayan tocado sus dedos. La madre es una genialidad del padre. En todas las épocas los hombres se han ido muy lejos, dejando su país y su infancia, para tomar mujer. Incluso si se casan con la vecina, la buscan y la encuentran en lo más obscuro de sí mismos. Una mujer es, para un hombre, lo más lejano del mundo. Pero hay algo más lejano que lo lejano. Pero hay algo más obscuro que el corazón de un hombre. El padre va a encontrar a la madre en la lejanía de los patios de Provenza, en la obscuridad de los cantos de los ruiseñores y de los trovadores. El siglo doce en Provenza ha sido bendecido por los ángeles. Llegan de incógnitos, aprovechando el sueño de su amo. En ese lugar, inventan un modo de amar que no ha existido, que no ha iluminado todavía al mundo: el amor cortés. El hombre abandona sus armas y su orgullo por un canto débil. Si rivaliza con otros ya sólo es en belleza, no en fuerza. Y la mujer, la más de las veces es esposa de otro, de un señor o de un rey. El amante ensancha la distancia que lo separa de su dama haciendo brillar su nombre por toda la tierra, hasta abarcar con ella el mundo entero, como un pez en el fondo de la red. La natura, la carne y el alma, todo encuentra su lugar bajo el sol de una sola. El espacio que lo separa de ella está lleno de su risa. Es un espacio sagrado. El canto lo ahonda, la voz vuela en él. Es una distancia dichosa. El amor la llena sin borrarla jamás. Fino amor, amor de lejos. Este es un amor raro. En él, la tierra es como cielo. La carne y el alma se funden en la finura de una voz. Aquello dura hasta mediados del siglo trece. Esta música termina por despertar a Dios. Él interviene, vuelve todo al orden: los últimos cantos no llegan hasta las recámaras de las señoras, sino que retumban en la nieve sobre las manos de la Virgen María. La carta de amor sigue igual. Las mismas palabras, la misma locura del canto. Sólo ha cambiado la dirección. De repente, la destinataria se vuelve más lejana que las jóvenes damas de Provenza. Un poco más lejana. Así era el cielo que rodeaba, como el azul de un cuadro, el rostro de Dama Pica cuando su marido la descubrió. No que Pedro de Bernardone tuviera el alma de trovador. En el comercio no hay tiempo para lo eterno. Apenas si hay ocasiones de ocuparse de lo lejano. Se va de cercano en cercano, del dinero cosechado hoy al dinero sembrado para mañana. Pero no es indiferente que Francisco de Asís tuviera por madre una de estas muchachas crecidas bajo el cielo de Provenza. Las madres nutren a sus hijos con leche y con sueños. Su leche brota de carnes profundas. Surge del seno como de una herida feliz. Su sueño surge de lo más secreto de su infancia. Viene a sus labios en las cunas, envuelve al recién nacido de una dulzura infinitamente penetrante – como un perfume que no morirá con el paso de los años. No, no es indiferente el que la madre de Francisco de Asís viniera de Provenza, de esta tierra donde los hombres dejaban su salud guerrera por la fiebre del canto. 
El niño se llama primero Juan. Es el voto de la madre, es su elección. Bajo este nombre es bautizado, en ausencia del padre que está de nuevo en Francia por sus negocios. A su regreso, él arranca ése nombre como una mala hierba, lo borra para recubrirlo con otro: Francisco. 
Dos nombres, uno sobre otro. Dos vidas, una bajo la otra. El primer nombre viene directo de la Biblia. Abre el Nuevo Testamento y lo cierra. Juan Bautista anuncia la venida de Cristo, toma el agua de los ríos en el hueco de sus manos para dar una probada de frescura insensata, una llovizna de amor loco. Juan el Evangelista escribe lo que pasó y cómo eso que pasó sigue pasando. Juan de las fuentes y Juan de las tintas. La madre quiso ese nombre. Lo que la madre quiere con un nombre, lo desliza entre el cuerpo y el alma de su hijo, allá, bien metido, como una bolsita de lavanda entre dos sábanas. Juan mano de agua, Juan boca de oro. Y sobre él, otro nombre, otra vida. Francisco de Francia. Francisco corazón de aire, sangre de Provenza. Por el apellido, un niño se agrega al montón de muertos que precede a los padres. Por el nombre se agrega a la inmensidad fértil de lo vivo, a todo el campo de lo posible: alabar al amor fuerte – como un evangelista. O acariciar la vida débil – como un trovador. Y, por qué no, hacer ambas cosas, ser ambos: el evangelista y el trovador, el apóstol y el amante. 

martes, 29 de mayo de 2012

COMPLICIDAD


Parque de la capilla y la arena (a la derecha) en Padua
Probablemente se ha dicho poco sobre la naturaleza de la complicidad. Casi siempre asociamos esta palabra con una acción dañina: cómplice de robo, de crimen, de estafa, etc. Sin embargo, queda muy oculto en nuestro vocabulario aquél que es cómplice en una relación íntima. La intimidad nos vuelve cómplices. Creo que no me habría detenido demasiado a pensar sobre este asunto si no hubiera sido por el profesor Mertone.

Hace algunas semanas, tuve el privilegio de descubrir la capilla de los Scrovegni, que se encuentra al lado de lo que fue la casona de esta familia, y que fue construida junto a una antigua arena romana en Padua. Hoy sólo quedan la arena, la capilla y la antigua propiedad de los Scrovegni convertida en parque. Se le conoce también como “la capilla de la arena”. Lo que la hace interesante y la convierte en museo es la decoración que hizo Giotto en el interior.

Tuvimos la suerte de conocer a un profesor de historia del arte, un italo-estadounidense que radica en Padua, Thomas Mertone. Nos recibió en su casa, en su estudio, y con mucha claridad nos comenzó a hablar de sus estudios de la capilla de los Scrovegni. Lo primero que nos dijo anunciaba lo que sería su exposición: “después de esta charla, quisiera que vieran, igual que yo, que Giotto es a la pintura del siglo XIV lo que Einstein es a la física del siglo XX”. ¿Qué es lo que hace tan especial esta capilla? A mi entender, sólo podríamos saberlo si hiciéramos una comparación de Giotto con otros artistas de su tiempo y descubrir así los elementos revolucionados por su pintura. De todos modos, me parece que eso es lo menos importante: el descubrimiento de Giotto me ayudó a profundizar en la imagen de Dios como amante, como cómplice.

La originalidad de Giotto en Padua

La capilla de los Scrovegni era una capilla particular. Enrico degli Scrovegni la mandó construir en los inicios del siglo XIV para expiar los pecados de su padre, el conocido banquero Reginaldo degli Scrovegni, a quien Dante colocó en el séptimo círculo del infierno en La Divina Comedia como ejemplo del pecado de usura. Usureros o banqueros (desde aquella época es casi lo mismo), los Scrovegni tenían una fortuna considerable que les permitía el mecenazgo de artistas notables de la época, como Giovanni Pisano o Giotto di Bondone. Paradójicamente, esta capilla está dedicada a Nuestra Señora de la Caridad. Uno de los frescos de Giotto muestra cómo Enrico ofrece la capilla a la Virgen, quien acoge con agrado la ofrenda.

La capilla de los Scrovegni. A la izquierda, la dedicación de Enrico pintada por Giotto.

La cosa comienza con una escultura de Giovanni Pisano, que estaría terminada justo cuando Giotto llegó para decorar los muros de la capilla. Se trata de una escultura de la Virgen cargando al niño Jesús. Pisano se enfrentó a un problema: ¿cómo mostrar que el niño es el Hijo de Dios? Lo más sencillo sería hacerle una aureola, pero resulta problemático hacer esto en piedra. Las más de las veces, las aureolas de piedra se asemejan a una especie de toca cuando son muy gruesas, o se vuelven demasiado frágiles si son delgadas.

Sin adentrarnos demasiado en las razones que llevaron a Pisano a encontrar esta solución, sólo podemos constatar que se le ocurrió una genialidad que terminó por inspirar a Giotto. La escultura muestra a la Virgen y al niño mirándose a los ojos. Es imposible que un niño de brazos mire fijamente a los ojos de su madre. Este es un gesto de adulto, un gesto de madurez, porque es un gesto de reconocimiento. Mirar a los ojos es reconocer al otro: reconocerlo en todo lo que es y reconocerlo al poner de relieve todo su valor (como cuando obtenemos un reconocimiento por acciones meritorias). Pero este reconocimiento termina por mostrar una gran intimidad entre las dos personas que se miran. Podemos decir que en la escultura, la Virgen mira a los ojos al niño porque reconoce quién es. Y lo mismo decimos de Jesús cuando mira a su madre.

Capella degli Scrovegni. Izquierda, escultura de virgen de Pisano.
Derecha, fragmento de la escena del nacimiento (Giotto)
Al parecer, Giotto terminó por comprender el mensaje de Pisano, lo reconoció. Mertone nos explicó que hay algo nuevo en las decoraciones de Giotto en Padua, porque en ninguna otra parte sus personajes se miran a los ojos, sólo en la capilla de los Scrovegni. Lógicamente, nos tocaría preguntarnos qué fue lo que descubrió Giotto en la escultura de Pisano que lo llevó a crear una decoración original. Sabemos que sí lo reconoció por la cantidad de personajes que se miran a los ojos, incluyendo a la Virgen y al niño, quienes son pintados en esta posición por Giotto a pesar de llevar aureola. Toca entonces interpretar de alguna manera lo que descubrimos sobre esta peculiaridad de sus pinturas. ¿Qué significa este gesto de mirarse a los ojos?

Giotto decora la capilla de los Scrovegni al estilo de los artistas de su tiempo. Los cuadros, sobre todo los frescos de una capilla, no son sólo meras decoraciones. Son verdaderas catequesis ilustradas, discursos sin palabras donde las secuencias intentan hablar al corazón del creyente. Y muchas veces, como veremos a continuación, las imágenes son mucho más fuertes que los discursos.

Examinamos entonces una de las muchas historias que Giotto cuenta en la capilla de los Scrovegni, la de San Joaquín y Santa Ana, a quienes la tradición ha designado como los padres de la Virgen María. La historia de Joaquín y Ana no es bíblica, sino que está tomada de evangelios apócrifos (igual que la historia de los “tres reyes magos” con sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar; también la representación de San José con el bastón que florece, etc.) Esta y otras historias que no aparecen en la Biblia han sido adoptadas por la tradición católica. Y si bien la teología de muchas de estas historias apócrifas me parece más que cuestionable, esta parte de la historia de Joaquín y Ana me parece completamente acorde con el Evangelio de su “nieto” Jesús.

La historia de Joaquín y Ana

Este relato parece tener origen en el Protoevangelio de Santiago, en el Evangelio de la Natividad de Santa María y en el Protomateo. Todos son, como hemos dicho, escritos o “evangelios” apócrifos (es decir, que no fueron aceptados dentro de los escritos de Nuevo Testamento). Digamos que para el siglo XIV ya era un relato que muy probablemente estaba homogéneamente construido a partir de estas tres fuentes. En la edad media la tradición había sido ya recopilada por Jacobo de Vorágine y Vicente de Beauvais, y difundida en todo el occidente. Podemos decir que la historia de Joaquín y Ana está, tal cual, copiada de los grandes relatos bíblicos que anuncian la llegada de enviados de parte de Dios: Isaac, Sansón y Samuel (por ejemplo).

Joaquín y Ana forman un matrimonio temeroso de Dios, piadoso y de bastante dinero, pero que no ha podido tener hijos. Un día, Joaquín quiere presentar su ofrenda en el Templo, pero un tal Rubén se lo impide diciéndole que no es digno de presentar su ofrenda puesto que no ha podido darle una descendencia a Israel. Humillado, Joaquín no regresa a su casa y se marcha al desierto a ayunar y a pedir a Dios que le conceda ser padre. Ana se queda en casa, llorosa, pues su marido no regresa y comienza a pensar que ha quedado viuda. Ambos ruegan a Dios que les conceda tener un hijo. Después, por separado, el ángel de Dios se aparece a Joaquín y a Ana y les anuncia la llegada de una niña. El ángel da la noticia primero a Joaquín, que se precipita a llegar a su casa y luego lo anuncia a Ana, que sale a recibir a su marido. Se encuentran en la puerta dorada de la ciudad.

El relato de Giotto

Hasta aquí la historia tal como la narra la tradición (que, al parecer, no es muy uniforme en los detalles). Podemos acercarnos ahora a la manera en que este relato es contado en los frescos de la capilla Scrovegni. En la primera figura de esta historia ilustrada por Giotto, podemos ver el momento en que Joaquín es expulsado del Templo por Rubén. La imagen es bastante dramática: Rubén está revestido como uno de los sacerdotes del Templo. Su negativa a admitir a Joaquín toma un aire de una verdadera expulsión, de excomunión. El pequeño escalón que está a los pies de la escena lo confirma: Joaquín va al abismo, al lugar de los condenados. La tierra se abre delante de él. El escalón no es un mero elemento decorativo, es la ilustración de lo que significa una excomunión: dejar de pisar el terreno firme del Templo y de la comunidad.

Izquierda, rechazo del sacrificio de Joaquín. Derecha, Joaquín y los pastores.
En el siguiente cuadro, Joaquín se encuentra con sus pastores. Es un hombre rico, así que podemos suponer que tiene rebaños de ovejas. En este cuadro viene la primera pareja que se mira a los ojos: los pastores comprenden la tristeza, la humillación y el dolor que embargan a su patrón. Los pastores se vuelven testigos de lo que pasa al reconocer lo que sucede. Este es otro elemento de los cuadros de Giotto: siempre hay alguien que comprende lo que está pasando, siempre hay algún testigo. No es la mayoría, como podremos ver, pero siempre hay alguien que puede presenciar la historia (y con ello la acción de Dios) porque entiende o reconoce lo que pasa.

Los pastores acompañan a Joaquín al desierto a orar y a ofrecer el sacrificio que no pudo hacerse en el Templo, para que Dios escuche sus súplicas. En el momento del sacrificio, Giotto sólo muestra a uno de los pastores. En la escena hay un ángel. Podemos decir que en este momento de la historia, se trata de un ángel que anuncia que Dios acoge con agrado el sacrificio de Joaquín, indicado por la mano de arriba que señala al altar. Es curioso constatar que el pastor sigue entendiendo lo que está pasando. Como si fuera un testigo que tiene por misión escribir la historia, el pastor distingue la presencia de Dios y mira hacia la mano que acoge el sacrificio. El pastor, en posición orante, reconoce la acción de Dios.

La escena que sigue la podemos representar de manera doble. El ángel anuncia a Joaquín y a Ana que Dios ha escuchado sus súplicas y que serán padres. En ambos casos, tenemos paradójicos testigos de lo que acontece. El ángel aparece a Joaquín en sueños, y sin embargo los pastores pueden reconocer el anuncio. Igualmente, el ángel se aparece a Ana en la soledad de su cuarto, pero afuera una de las sirvientas se sorprende del anuncio al reconocerlo. El ángel le dice a Ana que Joaquín ya se dirige a la casa y sale a recibirlo a las puertas de la ciudad.


El último cuadro de esta historia me parece conmovedor. Joaquín y Ana se encuentran en las puertas de la ciudad y se besan. Saben que serán papás. Muy probablemente (siguiendo la narración), María fue engendrada después del anuncio, así que la escena asume una dimensión netamente erótica. Joaquín y Ana, un par de ancianos, se besan en las puertas de la ciudad y se miran a los ojos: ambos saben lo que está pasando. Ambos son cómplices de la acción de Dios que está sucediendo en sus vidas. No es simplemente un beso erótico, preámbulo de una supuesta relación sexual que viene después. Es un beso cuerpo a cuerpo que también es mirada íntima, un reconocimiento de la acción de Dios que se da a través de ambos. Se reconocen y se aman, y Dios es reconocido en este amor tan carnal y lleno de vida. Es este reconocimiento lo que constituye su complicidad: algo secreto se desarrolla en ellos y no quieren dar explicaciones a nadie más. La vida crece en ellos y lo saben. Son amantes y cómplices.

Izquierda, Ana y Joaquín se encuentran en la puerta dorada.
Centro, la risa de las muchachas. Derecha, el beso de Joaquín y Ana.

Esta situación puede resultar ridícula a los espectadores que no se dan cuenta de lo que pasa y se quedan en el epifenómeno. Dos ancianos que se besan en la calle como si fueran dos jovencitos recién casados puede resultar un espectáculo cómico. Giotto pinta a una serie de muchachas que se burlan de los viejos, se ríen contemplando el beso de Ana y Joaquín. Este es el tipo de testigos que no comprenden lo que sucede, no reconocen la acción de Dios. Para Giotto, los verdaderos testigos siempre son una minoría, además de que son personajes pequeños: un pastor, un sirviente (como en las bodas de Caná), una costurera. Es curioso constatar que precisamente son ellos quienes son testigos de la complicidad entre Dios y las personas, lo que los vuelve a su vez cómplices de dicha intimidad. Los demás, como las muchachas, sólo ven lo superficial.

Posdata: ¿quién es Dios entonces?

Si preguntamos a un niño que va al catecismo “quién es Dios”, seguramente nos dirá que Dios es Padre y creador. Y eso es cierto. Pero, ¿eso qué nos importa? Si Dios nos creó, ello explica por qué estamos en el mundo, pero de ningún modo explica por qué nos tenemos que relacionar con Él. Dios es creador y es capaz de sacar vida ahí donde humanamente no puede haberla, como en el caso de Ana y Joaquín, como en el caso de Adán en el Génesis. Todo eso está muy bien, ¿pero qué quiere decir eso para nosotros? La vida humana plena no se compone de respuestas “teológicamente correctas” sino de energía, de impulso, de ganas de vivir, de alegría. ¿Cuál es el nexo con Dios?

Si nos dejamos tocar internamente por la historia de Ana y Joaquín, ya tenemos una parte de la respuesta. Dios no nos da la vida de manera externa, anónima, “desinteresada”, sino de manera interna, apasionada, comprometido hasta el fondo. No nos llama, nos empuja. No nos dice hacia dónde hay que ir, confía en nosotros y nos invita a confiar en Él. Eso es la fe. Creo que esto es el fondo de lo que comprendió Giotto con el niño que mira a los ojos de su madre.

Una prueba de lo que digo. En una de las decoraciones de la capilla hay un pequeño cuadro de la creación. No forma parte de las decoraciones principales, sino que decora una parte de alguna viga o de alguna columna. Discreto pero eficaz: el cuadro pone a Dios y a Adán con las manos extendidas, sin tocarse, mirándose a los ojos. Y si pensaron en que el gesto se parece al que pinta Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, están en lo correcto. En Padua, Giotto enfatiza el gesto de la mirada. En Roma, Miguel Ángel parece enfatizar el de las manos extendidas… tal vez para desviar la atención de lo central, que son las miradas de Adán y de Dios que se entrecruzan. Lo central es la mirada, no las manos. Está claro que Miguel Ángel conocía el trabajo de Giotto en Padua. Y nos queda imaginar que también comprendió esta fuerza de los personajes que se miran a los ojos.


El gesto de mirarse a los ojos, decíamos, es un gesto de reconocimiento. Si esto es así, quiere decir que Dios sabe quién es Adán. Sabe que lo va a traicionar (como Jesús sabe que Judas lo va a entregar). Sin embargo, Dios no retrocede. No guarda ases bajo la manga, no previene la traición de Adán. Simplemente deja correr la historia. Lejos de ser un gesto desinteresado, es un gesto amoroso. La complicidad de Dios está ahí: no nos niega el amor a pesar de saber quiénes somos y todo aquello de lo que somos capaces. Y cuando deja seguir la historia, Dios hace algo increíble: se la sigue jugando con el pecador sin pactar jamás con el pecado. Dios no pacta con el mal, pero va detrás de los “malos”; es decir, los rehabilita, los salva. Es cómplice porque nunca les niega el amor. Y esa es la causa de la muerte de Jesús en la cruz… lo cual nos llevaría a escribir páginas interminables.

Yo creo que Giotto entendió algo central. Dios no es simplemente amoroso: es amante. No sólo es creador de la vida sin más: es cómplice. Tal vez la capilla de los Scrovegni sea una invitación a caminar por ahí. Hay muchas otras cosas en esta capilla, pero creo que un mensaje central, sin el cual no se entiende el resto, es esta complicidad divina.

sábado, 24 de marzo de 2012

Y NADA MÁS

Cucho nos anunció que se moría, que se iba más rápido de lo esperado. Nos dijo que no quiere escándalos, ni tortas, ni hacerla de jamón: “no la hagan de pedo, porque la pedí de jamón” o nada ni nadie “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Me parece que tiene derecho a irse contento y agradecido, sin aspavientos, sin lamentos, como el andariego: “ahí junto a mi cruz, yo sólo quiero paz.”


Más allá de la tristeza que me dio el anuncio, más allá del accidente de estar a nueve mil kilómetros de distancia, me puse a pensar. Y me dio vergüenza acordarme de lo que hacía. Todo me parece tan banal, tan poca cosa, tan pequeño. Mientras yo me entrego a mis pequeñas disciplinas, a los principios y las justificaciones éticas de las cosas o de mis negligencias, Cucho se prepara para morirse. La perspectiva de la muerte, de este último trance que todos tendremos tarde o temprano, ilumina el mundo de manera distinta. Es una verdad archisabida, y sin embargo tan novedosa.

No sé si es sólo tristeza. Creo que no. Me acordé de la muerte de Manuel, tan parecida y tan reciente también. La muerte de Meme, tan porculpadelomismo. Todavía está tibio el recuerdo de la última bendición que me dio Manuel, que nos dimos ambos. La muerte es también una ocasión para sujetar la última interpretación, tal vez la última ocasión en que le vamos dando sentido a todo.

Frente a la pesadez de los planes y los criterios, frente a todas aquellas cosas que viviendo nos parecen necesarias, la levedad de la muerte hace que todo parezca vano, simple, incluso ridículo. Durante nuestra vida, los humanos podemos tratar de darle solución a todo: hacemos crecer la justicia contra la pobreza, hacemos florecer el trabajo contra los desiertos, nutrimos el calor de la presencia y de la escucha contra el áspero vacío del sinsentido. Y todo está muy bien. Todo eso nos arrastra hacia el mundo, hacia el suelo, porque cada cosa que hacemos es necesaria para vivir… y por eso nos pesa tanto, o nos hace tan pesados. Y aunque lo necesario nos hace graves, pesados, tampoco puedo dejar de pensar que todo eso se vuelve estúpido cuando la muerte pasa cerca.

¿De qué sirve todo? “El hombre, como la hierba son sus días; como la flor del campo, así florece; cuando el viento pasa sobre ella, deja de ser, y su lugar ya no la reconoce.” (Sal. 103). Pasamos la vida ocupados, floreciendo, aprendiendo a conocernos a nosotros y al mundo en que vivimos, aprendiendo a hacernos graves y viviendo hasta el fondo. Pero llega la muerte y todo se vuelve frágil, así como el viento pasa y todo deja de ser. Somos pesados y al mismo tiempo leves, pero nuestra propia levedad nos hace dejar de ser, además de que parece burlarse de lo que somos. Sabemos que no podemos llevarnos nada a la tumba, pero el afán nuestro cotidiano adquiere un tono ridículo, efímero, inconsistente frente al gran misterio del final. Sabemos que morimos, pero queremos dejar una huella inmortal en el mundo, que nunca vuelva a ser el mismo que fue sin nosotros. Que sea distinto.


¿Por qué nos afanamos tanto? Cada persona marca el mundo de manera definitiva. El engaño consiste en pensar que no es así. El mundo es, ha de ser necesariamente distinto con cada pequeñín que nace dentro de él. Tiene que hacerle un lugar, tiene que tomarlo en cuenta. El mundo se deforma con la llegada de cada persona, como se deforma irremediablemente el vientre de la madre que lo trajo a la vida. Nuestra marca es total y definitiva. No nos damos cuenta de su presencia, porque es una huella tan amorosa que nunca se nos reclama el espacio que ocupamos: se nos entrega incondicionalmente. El mundo no puede ser el mismo sin cada uno, únicamente por haber-sido. Y los otros ya no pueden vivir “como si nunca hubieras existido”. Nuestro haber-sido es un estigma irremediable que sacude el universo entero.

Es curioso. El mundo no nos dice quiénes somos cuando nacemos. Otros nos ponen un nombre, nos heredan una cultura, nos enseñan a vivir. Pero el mundo parece ignorarnos. Su silencio amoroso, signo de su entrega incondicional y de la gratuidad absoluta del estigma que ha permitido que le hagamos, nos hace buscar quiénes somos. Nos afanamos en encontrar un lugar para nosotros, sin saber que hemos nacido en medio de él. El mundo se repliega para acogernos y nosotros acogemos este doblez “construyendo” nuestro lugar. Sin embargo, cuando construimos nuestro rincón en realidad sólo estamos nombrando al mundo. Buscamos nuestra identidad nombrando al mundo, definiéndolo. Esto no es un acto de superioridad o de prepotencia: venir al mundo, dijimos, es definitivo: nos define, pero también define al mundo. Nosotros le damos forma cuando lo deformamos al entrar y lo re-formamos al vivir.

Pero nombrar al mundo nos puede hacer caer en el engaño del poder.

La trampa que también nos espera en nuestra definitiva tarea cotidiana es, justamente, no entender la paradoja que significa nombrar o definir. Hay algunos que nombran al mundo como se nombra a las cosas, como si pudiéramos poner la mano sobre él, como un objeto. Intentan guardar al mundo en un armario y que sea el mundo, buen esclavo, quien los defina a ellos. Estos son los amos del mundo. En cambio, hay muchos que, viviendo, corresponden amorosamente a aquello que han recibido al nacer en un lugar, en una cultura, en una historia. Estos no son amos, son hijos. Quienes verdaderamente definen y comprenden su propio lugar son los hijos, porque al delimitar no buscan gobernar una parcela sino asirla amorosamente, ocuparse de ella. El mundo tiene lugar para algunos amos y para muchos hijos. Que existan amos es un misterio. Que existan hijos es un regalo. 

Los hijos llevan al mundo, su mundo, dentro del corazón. Saben del dolor de vivir porque sienten el peso que los ata a las cosas. Vivir es volverse graves porque sólo así definimos al mundo que ha de acoger a otros, y nos deforma porque el amor es pesado. Nos dejamos llevar por lo que implica vivir… nos volvemos importantes porque llevamos nuestra actividad hacia el interior del mundo, hacia abajo. Pero el dolor de la vida nos va alejando también de su alegría y de nuestra propia levedad. Nos hace caer en el olvido: perdemos de vista que vivir no es necesario, aunque sea irreversible e irremediable. Se nos olvida que vivir es gratis.

Y súbitamente, la muerte aparece para cortar esta atadura. Nos vuelve livianos. Nos hace mirar nuestra existencia deformada por el peso de vivir como si todo hubiera sido un engaño, un juego que nunca entendimos. Y nos desfonda pensar que todo fue en vano, que todo ese peso estaba ahí para ser borrado y que nuestro paso en el mundo no fue sino un mal simulacro. La preocupación de la marioneta que se afana por sandeces, por llevar adelante un juego que al final, también definitivamente, va a perder. Si al final todo desaparece, ¿por qué entonces vivir es tan difícil? El mundo se nos vuelve una mala broma y, como en el salmo, nuestro lugar ya no nos reconoce. Desesperamos.


Pero la desesperación es un estado de ánimo tan ingrato como un mal amante: cuando se harta de nosotros nos lanza de su lecho, nos devuelve a nuestra pequeña cotidianidad. Y comenzamos así a dejar la desesperación cuando recordamos que el mundo ya nos había regalado, desde el comienzo, las marcas para nuestra vida. La esperanza comienza, sin grandes dramas ni ovaciones, cuando tenemos la certeza de que el juego estaba ya ganado al momento de comenzar y que eso es gratis. Cuando contemplamos la cicatriz que el mundo dejó que le hiciéramos cuando llegamos a él.

Somos tan eternos como el mundo. Y nada más.

Entonces… aceptar la muerte tal vez quiera decir estar seguros de que el mundo no será jamás el mismo sin Cucho. La cicatriz de su llegada – ¡y qué gran cicatriz! – ya quedó trazada, imborrable. Pero ahora no habrá quien la llene. Eso es todo. El mundo será un poco más leve sin Cucho. Nuestro corazón de hijos del mundo, marcado por Cucho, mirará también la cicatriz que dejó en nosotros. La huella de Cucho quedará vacía y el corazón también será más leve porque él fue alguien importante. Cuando reconocemos la huella abandonada de Cucho en el corazón, sabemos que somos agradecidos.

Sé muy bien que a mi soliloquio le falta algo: ¿“Quién nos separará del amor de Cristo”, y de aquellos a quienes amamos? Pero esa historia ya la contó Cucho.


sábado, 17 de marzo de 2012

Recordando a Camilo Maccise


Hoy, un día después, me enteré de la muerte de fray Camilo Maccise, ocd. Creo que fue un religioso inspirador, un apóstol de su tiempo y una persona comprometida con el Evangelio, con los pobres y con la Iglesia. Fue superior general de los carmelitas desde 1991 hasta 2003. Algunos miembros del grupo "Diálogos Fe Cultura", que era un grupo convocado desde el Iteso pero formado con académicos de varias universidades de Guadalajara, tuvimos un encuentro con fray Camilo en 2008. El nos hizo una conferencia y luego fuimos invitados a responder a lo que nos había dicho.

Creo que sería largo poner toda la conferencia de fray Camilo. Para recordarlo, más bien quisiera poner en este blog mi respuesta a su conferencia. Respuesta a un discurso ausente. No sé si tenga valor por sí misma, pero la respuesta que en aquél momento le dirigí quiere ser hoy también mi personal modo de recordarlo y de recibir en el corazón lo que él significa para muchas personas que están comprometidas y deseosas de vivir el Evangelio de Jesús.



Transmitir la fe que nos anima

Respuesta a Camilo Maccise

Escribir desde una perspectiva teológica es tratar de describir la esperanza del mundo. El teólogo busca siempre razones para seguir creyendo, esperando, amando. Desde su mirada nada es completamente absurdo, todo queda integrado en un amor más grande que el nuestro, el amor de Aquél que nos mantiene vivos y que resalta la belleza de cada uno de los seres que pueblan nuestro mundo.

Hacer teología es buscar razones para que la esperanza no parezca pura alienación. Pero la teología es siempre un juego paradójico: muchos profetas buscan primero obscurecer el mundo para que el amor de Dios pueda aparecer con toda su fuerza. Como si hiciera falta invocar la noche para poder ver el sol, muchas veces los teólogos dibujamos realidades desesperadas, absurdas y llenas de pecado, como si quisiéramos crear un ambiente de contraste que nos permitirá, en un segundo momento, distinguir la silueta divina que se oculta en la realidad del mundo. Es decir, muchas veces el teólogo parece afirmar que si no hubiera pecado, no habría necesidad de la gracia o de la presencia de Dios entre nosotros.

En contraste con esta tendencia, la conferencia del Padre Camilo Maccise nos habla de la fe en tiempos de crisis de una manera matizada, sin dar señales de alarma, sin pretender introducir la luz en tiempos de obscuridad. Es como si escucháramos los ecos de aquella oración de Santa Teresa de Jesús: “líbrame Señor de los santos con cara triste, porque un santo triste es un triste santo.” La visión de Camilo Maccise nos dice que no estamos en tiempos desesperados o de caras tristes. Al contrario, nos va guiando sin triunfalismos ni pesimismos por una realidad que pide ser interpretada a la luz del Evangelio y de la fe en Jesucristo.

La conferencia no nos evita el paso por situaciones problemáticas que no están del todo resueltas, que siguen siendo tema de controversia. Tratando de articular una respuesta, haré énfasis en algunos puntos difíciles invocados por el Padre Maccise, algunos puntos que pedirían ser tratados con mayor detenimiento. Ello puede introducir matices importantes en algunas ideas, aunque las conclusiones serán similares.

El propósito de estas líneas es hacer hincapié en la necesidad que tenemos hoy día de transmitir un evangelio de libertad. Creo que no es una propuesta que se aleje enormemente de la conferencia del Padre Maccise, aunque subraya ciertos puntos que en mi opinión son importanes.

Este trabajo tiene dos partes. En un primer momento, intento poner en relieve algunos aspectos de la crisis actual sobre los que, como ya he dicho, conviene detenerse. Hay una crisis profunda, atribuida generalmente a la globalización, que va permeando todas nuestras sociedades: una crisis de credibilidad institucional, o tal vez crisis de los fundamentos constitutivos de la sociedad. En la segunda parte trataré de mostrar por qué una transmisión del Evangelio puede ser una respuesta pertinente a esta crisis. La razón fundamental es que la esperanza cristiana contiene, pues, un dinamismo de una libertad que establece fundamentos y que puede responder de manera adecuada a los cambios que vivimos hoy.


1. Los elementos de una crisis profunda

Al comenzar a definir cuál es el concepto de crisis, Camilo Maccise nos recuerda que “No es la realidad externa la que está en crisis, sino la persona que se sitúa o se encuentra en relación de crisis con dicha realidad. Se sitúa para juzgar, purificar, decidir.” Sin embargo, es preciso aclarar que hay realidades humanas que también pueden entrar en crisis y no sólo personas. Muchas veces, las crisis obedecen a situaciones colectivas ante las cuales no se tiene elementos para tomar distancia, o simplemente no se encuentran categorías adecuadas para poder dar un juicio certero sobre dicha realidad.

Hay muchos elementos que nos pueden hacer pensar en un “cambio de época”, elementos que tienen que ver directamente con la llamada “globalización”. Sin embargo, la complejidad que alcanzan las causas de esta crisis propia de un cambio de época se ve reflejada en el desfallecimiento de la estructura general de la sociedad. Yo definiría esta situación de crisis como un tambaleo del cosmopolitismo. Diría que este desfallecimiento pone en jaque todo el intento de globalización orquestado por las grandes potencias mundiales, puesto que afecta sus fundamentos mismos.

Un segundo elemento, que trataré de definir también, es la forma en que esta crisis general afecta a las religiones institucionales o positivas. No quiero afirmar con ello que el tambaleo del cosmopolitismo sea neutral frente a las religiones; habría que decir que además de los efectos causados por la crisis social, las religiones tienen una crisis propia. Paso a tocar ambos puntos.

a) Un cosmopolitismo tambaleante

En su opúsculo Idea de una historia universal, dice Kant: “El problema esencial de la especie humana, aquél que la naturaleza le obliga a resolver, es la realización de una Sociedad Civil que administre el derecho de manera universal.[1] Si bien se trata de un postulado de filosofía política, esta afirmación traduce bien el intento de la llamada globalización. En realidad, la construcción de organismos internacionales que regulen de alguna manera la cooperación entre Estados libres y soberanos lleva ya mucho tiempo. Pero sólo hasta hace poco nos hemos dado cuenta del proceso que se ha desatado con la construcción de estos organismos. La globalización es un hecho que se nos ha ido imponiendo y que poco a poco va abarcando más ámbitos de la vida social.

A partir del 11 de septiembre de 2001, el terrorismo internacional ha obligado a cambiar las concepciones de éste incipiente cosmopolitismo kantiano que llamamos globalización. Este cosmopolitismo descansaba sobre una serie de ideas bien establecidas: soberanía, cooperación, intercambio, desarrollo, seguridad, etc. Sin embargo, todas estas nociones han comenzado a cambiar con el terrorismo. Un ejemplo: pareciera como si la noción de soberanía se viera, por momentos, saboteada por la de seguridad. Hemos comenzado a constatar cómo algunos Estados fuertes comienzan a obligar a los débiles a cooperar con sus sistemas de seguridad, además de asistir a la cancelación de un buen número de derechos ciudadanos en nombre de la seguridad. Estos cambios han influido mucho en la visión que los mismos ciudadanos tienen de sus propios gobiernos y de la eficacia que pueden tener para proveer condiciones óptimas de vida. Las instituciones comienzan a resquebrajarse en su legitimidad.

Además del terrorismo, el fenómeno de la migración introduce también un factor que dificulta dicha legitimidad. Algunos países ricos como Estados Unidos, Francia o Alemania tienen muchos problemas para integrar a la población migrante a sus sistemas sociales. A propósito de los motines y revueltas del 2005 progagonizados por jóvenes hijos de migrantes en Clichy-Sous-Bois, en las afueras de París, el sociólogo Jean Baudrillard comenta: “la cuestión social de la inmigración no es más que una cuestión más visible, más tosca, del exilio europeo en su propia sociedad (…) La verdad inaceptable está ahí: ya ni siquiera nosotros integramos nuestros propios valores y, de repente, puesto que no los asumimos, no nos queda más que pasárselos a otros, voluntariamente o por la fuerza.[2] Es decir, para Baudrillard el fracaso en la integración de los migrantes demuestra el fracaso general del modelo social occidental. El sociólogo francés afirma que la integración social de los inmigrantes ha ido fracasando porque los grupos de extranjeros no tienen a qué integrarse, es decir no hay una verdadera sociedad constituida. Peor aún, el fracasado modelo social occidental ya no les funciona ni siquiera a los europeos.

Terrorismo y migración no hacen sino poner en evidencia una realidad mayor. Hay una crisis en la legitimidad de las democracias liberales, una crisis del fundamento de las instituciones. La sociedad occidental ya no logra suscitar la solidaridad de sus ciudadanos como lo hacía antes. Habermas y Ratzinger abordaron este mismo tema en el año 2004[3]. Ambos coincidían en el diagnóstico, aunque Habermas se mostraba más bien escéptico ante la posibilidad de una salida de la crisis en cooperación con la religión. En cambio Ratzinger parecía más propenso a pensar que la cooperación puede ser benéfica para ambos y no pondría en riesgo los logros del Estado moderno, celoso de su independencia respecto de la religión.

Habrá que volver sobre esta idea de Joseph Ratzinger, puesto que ella toca más directamente el papel de la fe en este momento de crisis social. Es decir, la cuestión ya no es cómo puede la fe ayudar a fundamentar estas instituciones sociales en crisis, sino cómo la fe cristiana es capaz de darnos un fundamento en un momento de crisis general. Sin embargo, quisiera abordar primero una parte de la crisis que atañe directamente a la religión y que forma parte de esta crisis general.


b) La credibilidad de las religiones

El terrorismo que hemos visto surgir en los albores del siglo XXI no es un simple terrorismo político. El fundamentalismo religioso ha estado muchas veces ligado a la justificación de la violencia ejercida contra la sociedad civil. Las sociedades han vuelto a poner el estado de alerta respecto de las religiones: islamistas y fundamentalistas cristianos invocan a Dios para ejercer la violencia, para castigar, para matar.

Pudiéramos argumentar, pues, que sólo quienes toman la religión de un modo fanático y totalitario se vuelven violentos. Pero poco a poco ha comenzado a surgir una pregunta que se extiende a todas las religiones. Joseph Ratzinger la formula de esta manera: “¿es la religión una fuerza de curación y de salvación, o no será más bien un poder arcaico y peligroso que construye falsos universalismos induciendo a la intolerancia y al error?[4] Dicho de otro modo, ¿la religión es intrínsecamente violenta? Si fuera cierto, ¿es entonces algo que debemos superar para lograr un progreso en la humanidad?

A primera vista, no tenemos una opción alternativa que sea capaz de suplir los aportes de la religión. El progreso material producido por la ciencia y la técnica, así como las organizaciones colectivas políticas y sociales implementadas gracias a la razón moderna no han sido capaces de llevar a los hombres hacia un verdadero progreso. Una prueba es la crisis política de la que hemos hablado ya.

¿Cuáles son entonces nuestras alternativas? A corto plazo, sólo podemos decir que la humanidad enfrenta una serie de crisis inéditas y que nos ha producido este cambio de época del que nos hablaba el p. Maccise. Quisiera, pues, terminar diciendo por qué considero que la transmisión del Evangelio es una aportación a nuestra situación actual y por qué lo considero como una vivencia válida de la fe hoy.

2. Transmitir un Evangelio de libertad

El padre Maccise terminaba su conferencia exhortándonos a una nueva transmisión del misterio de Dios: “La fe en tiempos de crisis nos invita a “grabar en nuestro corazón y transmitir a los demás una imagen nueva de Dios.” Esta novedad es justo la libertad del Evangelio, una libertad distinta de aquélla consagrada por la razón ilustrada.

Creo que es conveniente hacer énfasis en la libertad propuesta por el Evangelio. No se trata de la misma libertad que buscamos en nuestra sociedad o incluso de aquella libertad que se busca como salida a la opresión del hombre por el hombre. Quisiera subrayar la dimensión fundadora de la libertad cristiana, dimensión que la aleja radicalmente de la libertad tal como la proponen las diversas corrientes de pensamiento modernas. En pocas palabras, la libertad evangélica no se trata de una libertad para hacer, sino una libertad de ser. Explico ambas brevemente.

La libertad para hacer es aquella que busca desprenderse de servidumbres y ataduras arbitrarias para poder ejercitar las propias potencialidades. Es la razón que busca liberarse de la servidumbre de la autoridad civil y religiosa para poder pensar con mayor libertad. Es aquél propósito del Tratado teológico-político de Spinoza: “la libertad de filosofar no es nociva para el Estado ni para la piedad religiosa”.

Esta libertad es fundamental para la ciencia y para la técnica. Sin embargo, muchos filósofos han encontrado que esta libertad no es una libertad fundadora. La libertad para hacer no funda nada. Su misión es cortar amarras, quitar estorbos, criticar puntos de partida, denunciar las posibles alienaciones del hombre; por lo mismo, esta libertad no es un poder fundacional. Ella permite actuar pero no es un punto de apoyo. Y tal vez, como bien sospecha Habermas, podemos atribuir a esta libertad para hacer algunas de las causas de la crisis de legitimación que nos aquejan hoy día.

La libertad de ser, en cambio, es por sí misma un fundamento. Es la roca sobre la cual el hombre puede edificar su casa (Lc. 6, 48). La libertad de ser no es sino aquella que brota directamente de la fe: Cuán bienaventurado es el hombre que ha puesto en el Señor su confianza.” (Sal. 40, 4). Libertad de ser es poner la propia confianza únicamente en Dios; sólo así podemos decir que la fe es para vivirse en la crisis.

Transmitir esta libertad, esta buena noticia, es lo que constituye formalmente la tarea del cristiano. Anunciar el Evangelio es transmitir esta fe que se vuelve libertad. La especificidad de nuestra crisis, pide un esfuerzo renovado en la transmisión de aquello que constituye el núcleo fundamental de nuestra esperanza. El mensaje cristiano es una buena noticia, algo que no se puede reducir a un simple sistema de enseñanzas, sino a un dinamismo llevado por el Espíritu que toca de lleno el modo de vida de las personas. Es noticia porque pide imperativamente ser anunciada a aquellos que no la conocen. Sin embargo, este anuncio no se remite a una proclamación. Puesto que nuestra fe es una fe viva, es necesario también transmitir esa fe que llevamos dentro.

Lo anterior implica que la transmisión pide una experiencia previa. Es decir, nada transmite quien no es testigo. La vivencia de la fe en tiempos de crisis es la experiencia de estar fundados en alguien, Cristo, que nos invita a anunciar esta Buena Noticia.

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[1] Kant, I., “Idée d’une histoire universelle”, in Opuscules sur l’histoire, Flammarion, Paris, 1990, p. 76.

[2] Baudrillard, “Nique ta mère”, in Libération, viernes 18 de noviembre de 2005.

[3] Cfr. Habermas, J., & Ratzinger, J., Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización. FCE, México, 2008.

[4] Ratzinger, J., “Lo que cohesiona al mundo”, in Habermas, J., & Ratzinger, J., Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización. FCE, México, 2008, p.42-43.