lunes, 23 de julio de 2012

LA SOLEDAD DEL TESISTA DE FONDO




Este es un artículo que me encontré en la revista Sciences Humaines del mes de octubre de 2011. Se me hizo bastante bueno para describir la situación de aquellas personas que se lanzan a hacer una tesis doctoral. No quisiera compadecerme de mí mismo en estos momentos, ni tampoco darle rienda suelta a la dificultad. Creo que hice esta traducción para recordarme que lo esencial de la tesis doctoral es terminarla y presentarla. Y ya. Una odisea que no sabemos bien a dónde lleva. Espero que se vaya volviendo divertida y que tampoco dure tanto. Ya veremos.

Hay una nota importante. Éste es un artículo que tiene muchos supuestos del sistema educativo francés. El mayor de todos es que en Francia sólo se llama "tesis" al trabajo de titulación del doctorado. Lo que en México se llama "tesis de licenciatura" (que cada vez existe menos) o "tesis de maestría", en Francia se llaman "memoria". Tal vez sea el equivalente de lo que en México llamamos "tesina". Escribir una tesis o hacer doctorado es exactamente lo mismo. De hecho, el trabajo fundamental del doctorado es la tesis, los cursos doctorales son algunos seminarios, que si bien pueden ser importantes no son lo sustancial del doctorado. Por eso me mueve a risa (en silencio, desde luego) que algunas personas me digan "hice todo el doctorado, sólo me faltó la tesis". Va el artículo.

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LA SOLEDAD DEL TESISTA  DE FONDO

Igual que el corredor de fondo, el doctorante tiene que resistir la distancia. Pero a diferencia del maratonista, nadie le ha trazado una línea de meta. Lo más duro de una tesis es terminar.

Héloïse Lhérété

Al principio, todo era rosa. Sophie se repetía golosa: “estoy haciendo doctorado en antropología.” Se le hacía agua la boca sólo de pensar en su tema de investigación. Estudiante brillante, había recibido una beca de investigación y se soñaba una futura Lévi-Strauss. Y pasó el tiempo. Las referencias bibliográficas se amontonaron. “Investigo, investigo y ¡hop!... me pongo a investigar”, se queja. Su vida tomó un mal rumbo: se peleó con su director de tesis, se deprimió y se puso a gastar sus escasos ingresos yendo al psiquiatra. “Ya estoy acostumbrado a los tesistas”, le confió un día el médico.  Mientras tanto, los amigos de Sophie se casaron y tuvieron hijos. Compraron un bonito auto, pidieron un crédito inmobiliario. Hoy, Sophie tiene el amargo sentimiento de haberse estancado. ¿Estará pensando en abandonar esa tesis que, según ella, le “pudre la existencia”? No, no se atreve. “Es imposible, mis padres no lo comprenderían” murmulla con una voz ahogada. Tiene 40 años.

Como Sophie, 65,000 personas están hoy en día embarcadas en una tesis doctoral en Francia, de las cuales más de la mitad, 38,000, en letras, lenguas, economía, derecho y ciencias humanas. El número de tesis entregadas cada año (alrededor de 10,000) se ha duplicado en veinticinco años, sin que las perspectivas de empleo se ensanchen mucho. Las situaciones – tanto materiales como psicológicas – varían de un doctorando al otro: algunos tienen financiamiento, otros no, algunos escogieron su tema de investigación, a otros les fue impuesto; algunos trabajan solos, otros en equipo… Pero todos coinciden en un punto: la tesis se parece a una prueba personal. No es sólo una aventura intelectual, sino que implica a todos los ámbitos de la vida. Consume el tiempo, transformando a su autor en un ser híbrido, mitad estudiante, mitad adulto, atrapado entre dos edades. También devora el espacio, por el cúmulo de libros apilados, fichas y borradores. Se mete en la vida privada y en la cabeza. Ocupa también el corazón por la implicación afectiva que suscita: “mi tesis es mi vida, mi pasión, mi amante”, resume maravillosamente Tanguy, doctorante en derecho, que borda desde hace cinco años acerca de “Las acciones de preferencia en grupos sociales”. También es el objeto de todas sus angustias, a medida que se aproxima el final de la treintena. “Por suerte ya no vivo con mis padres, reconoce Tanguy, no sin algo de humor, porque si no, mi nombre sería la cereza del pastel.


Una elección de vida
¿Por qué se lanza alguien a tal aventura? Cuando se les hace la pregunta, muchos aprendices de investigadores se salen por la tangente. “Hay preguntas que no se le hacen a un doctorante”, replica Arthur, doctorante en geografía encontrado en Twitter. Algunos responden tímidamente “el gusto por la investigación”, el hecho de “construir algo desde su propio pensamiento”. Hélène, doctorante en psicología en Metz, admite tener miedo del desempleo: “el doctorado me permite dejar para otro día el momento de confrontarse al mercado laboral.

Sólo el 10% de los doctorantes en ciencias humanas tienen una beca de investigación. Los que tienen suerte consiguen un contrato en alguna empresa o en un organismo privado de investigación, pero casi nunca ganan más de 1,700 euros al mes. Sobra decir que el dinero no es su motivación. Muchos doctorantes tienen otro trabajo. Tanguy, el tesista en derecho, tiene un puesto como jurista en una empresa. Trabaja la tesis “por la mañana, antes de salir al trabajo, entre las doce y las dos durante la pausa de la comida, y a veces los fines de semana” y dice encontrar el equilibrio en esos vaivenes. Algunos sobreviven gracias al apoyo financiero de sus padres o de su pareja, situación moralmente incómoda. En cuanto a sus perspectivas profesionales, éstas se muestran más bien deprimentes. Las plazas como investigador en el CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica) o de catedrático en la universidad, La Meca de todo doctorante, son rarísimas… situación que no mejora mucho en el lado de lo privado. Un estudio reciente revela que en Francia, el doctorado constituye un freno para la contratación. Los encargados de personal muchas veces encuentran a los doctores demasiado viejos, demasiado rígidos, demasiado teóricos… y prefieren mejor a los titulados de un master profesional o a los diplomados de las grandes escuelas.

Michel Beaud, autor de “El arte de la tesis” advierte: “es un error lanzarse a una tesis (…) si no se tienen razones serias y profundas para llevarla a término.” Por su parte, la socióloga Claudine Herzlich, autora de un  libro del mismo tipo destinado a los aprendices de investigador en Ciencias Sociales, insiste en la importancia de un “proyecto realista, simultáneamente en el ámbito intelectual y profesional.” En otras palabras, resulta vano lanzarse sin un buen tema, una gran capacidad de trabajo y un amor incondicional por la investigación. Lo esencial podría ser este último punto. “Casi siempre se habla del excesivo trabajo de la tesis. Sin embargo, también representa un lujo. Durante algunos años, tenemos la suerte de podernos consagrar, con toda libertad, a algo que nos apasiona”, recuerda Hélène, cuya tesis de psicología trata sobre “Las situaciones de molestia entre dos personas”. 

Comenzar una tesis  es casi siempre emocionante; el principal obstáculo consiste en resistir la distancia. La libertad que ofrece la investigación se puede convertir a mitad del camino en un sentimiento terriblemente angustiante. ¿Cómo avanzar en la tesis sin fechas límite, sin supervisión y sin referencias?


Enemigos muy prosaicos
La soledad del tesista es bastante radical, ya que la universidad francesa no brilla por su capacidad de acompañamiento. Un tema de tesis muy especializado contribuye también a aislar al doctorante. “Está claro que estoy solo frente a mis ideas, solo frente a mi computadora, e incluso solo en mi mundo, ya que ninguno de mis amigos entiende nada de lo que estoy haciendo”, reconoce Tanguy. Incluso los mejor acomodados no se escapan. Louise, doctorante en psicología del trabajo, hace su tesis dentro de una institución privada de investigación. Está inserta dentro de un organigrama y de un equipo de trabajo. Sin embargo, no se encuentra nunca con alguien para discutir el fondo de la tesis. Y sufre por ello. “Lo más terrible es cuando regreso a casa, confiesa. Por la noche, en la mesa, no tengo nunca nada que contar. Ninguna anécdota divertida sobre mi día de trabajo. Nada.

Esta soledad forma parte del aprendizaje del oficio de investigador. Al moverse dentro de una temporalidad desestructurada, el tesista tiene que sacar de sí mismo los recursos que le permitan progresar. En lo más profundo y difícil de la tesis, descubre que los verdaderos enemigos no son casi nunca los “obstáculos epistemológicos”. No son las teorías, los autores o corrientes de pensamiento… los enemigos son estúpidamente más prosaicos: una pereza persistente, las sábanas con frecuencia se quedan pegadas, un teléfono que suena demasiado seguido, una adicción a Internet, una pareja que cuenta con uno para las compras y el aseo de casa porque “ahí se la pasa todo el día”, o bien una pareja a la que se ha descuidado y se aleja, un consejero bancario que se inquieta, una cuñada que pregunta cada domingo “¿y entonces, para cuándo la tesis?” Al pasar los meses, la tesis se puede volver un verdadero pantano. Para constatarlo, basta ver cómo florecen los grupos de doctorantes en Facebook. Estos grupos juntan varios miles de tesistas y tienen nombres evocadores: “El octavo pecado capital: embarcarse en una tesis”, “mi tesis doctoral es mi propio Irak”, “los tesistas que opinan que su tesis es inter-minable (“inter-hartante”)”, “¿Y tu tesis avanza?... ¡cállate!”

El reconocimiento, punto crucial
Con todo, detrás de estos títulos graciosos pueden esconderse dramas humanos más o menos densos. Un estudio dirigido por la universidad e Bretaña muestra que la tesis es una fuente de stress para el 73.6% de los doctorantes. Este stress se traduce en síntomas ya conocidos: agotamiento físico y psíquico, angustias, insomnios, ideas pesimistas, sentimiento de culpa, emotividad exacerbada, accesos de violencia, dolores somáticos de diverso tipo. Las adicciones son la moneda corriente: alcohol, tabaco, cannabis, psicotrópicos, bulimia, Internet, … Algunos doctorantes tienen depresiones o “se les funde un fusible”, en particular aquellos cuyas tesis duran más de cinco años.

Estos momentos difíciles no son siempre fatales para la tesis. Para la socióloga C. Herzlich, incluso forman parte de la “trayectoria”, metáfora que toma de la sociología de la salud: “Una trayectoria de tesis tendrá planicies monótonas de las que se teme no ver el fin, curvas peligrosas, salidas felices y, a veces, rupturas definitivas.” La motivación, que nunca es lineal, tiene altas, cuando el tesista encuentra una buena formulación o descubre una lectura entusiasmante. Bajas, cuando los días pasan sin que la tesis avance. Abismos, cuando el tema parece repentinamente inasible.

Que otros investigadores den su reconocimiento al propio trabajo se vuelve crucial. Puede ser un reconocimiento financiero – becas, encargo de cursos, contrato de edición, etc. – pero también gratificaciones simbólicas: una solicitud de participación en un coloquio de prestigio, o ver publicado un buen artículo, honores, incluso algún elogio verbal. “Mi tesis comenzó verdaderamente después de presentar mi trabajo en un seminario de doctorantes, narra Justine, doctorante en filosofía. Alcancé a percibir interés en la mirada de los demás y me felicitaron. Estos signos fueron decisivos para mí, justo en un momento en que verdaderamente vacilaba. Me permitieron superar la difícil etapa de la redacción.” Si se está financiado o no, sentir el reconocimiento de su trabajo, de su actividad intelectual y de sus competencias, sobre todo de parte del propio director de tesis y también de sus pares, constituye un potente impulso para continuar el esfuerzo hasta el día de la defensa de tesis. 


Abandonarla o terminarla
Algunas tesis no terminan nunca, siempre se resisten aunque sufran. Otras mueren a fuego lento, porque su autor las abandona, sin aceptarlo realmente, por una vida profesional de mayor realización. 

Sin embargo, para la mayoría de los tesistas llega el día en que se vuelve vital terminar. En ese caso, sólo existen dos soluciones: abandonarla o terminarla. En letras y en ciencias humanas, la primera solución es la más común: la tasa de abandono se acerca al 60% según un estudio hecho por el Céreq. Las razones más comunes para justificar el abandono son “haber encontrado un trabajo” (40% de los casos), “razones financieras” (30% de los casos), y de “haber dejado de estudiar” (23% de los casos). Pero en todos los casos, esta decisión fue sopesada durante largos meses, a veces obligados por presiones familiares o académicas, y siempre fue dolorosa.

Para los otros, hay que poner fechas límite. Algunos logran fijársela por sí mismos. Como por ejemplo Tanguy, quien ha aplazado dos años seguidos la defensa de su tesis de derecho, decidió que terminaría “este año o nunca”. Otros necesitan una coacción externa: el final de una beca, la negativa de inscribirse el año siguiente, la esperanza de tener un puesto en la universidad “si la tesis fue defendida antes del 14 de diciembre”. No es raro que un evento privado como el nacimiento próximo de un hijo fije la fecha final tan esperada. El maratón irregular se termina entonces en un sprint final. Hay que llegar al final, cueste lo que cueste, a toda velocidad. Hay que renunciar por unos meses al espacio que ocupan las distracciones y al sueño para consagrar toda la energía a los últimos kilómetros. Si no se quiere ver reducidas las posibilidades y las cosas que se deseaban hay que renunciar a un capítulo y rumiar releyendo lo que hay. Si no se quiere renunciar a ser Einstein o Lévi-Strauss, solamente hay que completar lo que se pide: una tesis de doctorado honesta y honorable. Numerosos tesistas cruzan así la línea de llegada que se trazaron de manera forzada. Agotados pero ya con un peso menos, por fin doctores, tienen el título necesario para lanzarse a la conquista de un puesto. El recorrido del luchador puede comenzar.

domingo, 8 de julio de 2012

REFLEXIONES POST-ELECTORALES. O BIEN, “QUÉ GUAYABO TAN BERRACO”


¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí este cintillo que tengo 
y esta tristeza de hilo blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!
Federico García Lorca


¡La mañana de una noche difícil! Es lunes 2 de julio de 2012, y amanecí con amargura electoral en el corazón. Decepción rotunda y completa. Un dolor en el alma que no se quita ni siquiera dando rienda suelta a la tristeza. Tengo cruda en el ánimo. A la cruda, los colombianos la llaman “guayabo”. Pero este es una cruda exagerada, un “guayabo muy berraco”. 

Recuerdo pocas elecciones presidenciales como las que acabamos de tener. Nunca me había levantado de la cama tan triste por un resultado que ya conocía de antemano. Tal vez en 94 tuve una leve esperanza de un cambio que no se dio. En aquél entonces quedé igualmente decepcionado con el triunfo del PRI, aunque también estaba cansado de una jornada dura y agitada, vigilando las elecciones con Alianza Cívica en las oficinas de distrito. No sabía si era mayor el cansancio que la decepción. Levantarse la mañana del lunes (aquél año fue 22 de agosto) fue muy duro. Mañana de lunes con cara de domingo aburrido, lento, insípido. 

Me acuerdo del desconcierto tan grande. Un grupo de compañeros y yo habíamos trabajado durante varias semanas: salimos a concientizar a la gente de la importancia de votar, de pensar en serio cuál era la mejor opción, de no vender su voto, de no dejarse convencer por una despensa o por ayudas. Hicimos algunos talleres, todo lo originales que pudimos, para ilustrar las posiciones de los partidos. Y luego el trabajo de observadores: levantarse temprano a la casilla (o en mi caso a la oficina de distrito) a registrar pormenores. Y me acuerdo que nos quedamos hasta la llegada del último paquete electoral, más o menos a la una y media de la mañana. Creíamos que si hacíamos elecciones más transparentes, el rumbo político iba a cambiar. ¡Oh sorpresa!, nos dimos cuenta que, de todos modos, la gente salió aquél 21 de agosto a votar por el PRI.


Entiendo bien que lo que me sucedió a mí son pequeñas cosas comparado con la gente que se dedica a eso. Pero creo que hicimos (mis compañeros y yo) un esfuerzo notable para personas que no son políticos de profesión o para no haber militado en ningún partido. Queríamos ser “ciudadanos conscientes y comprometidos” y sentíamos que podíamos cambiar las cosas. 

Estas elecciones fueron algo parecido a aquello, a pesar de que esta vez sólo fui un  espectador por estar viviendo en un país extranjero. La misma esperanza se despertó, el mismo deseo de cambiar las cosas, el mismo optimismo que invita a ir un poco más lejos.

Esta “temporada electoral” de 2012, como varias otras, no hice nada. Sólo me limité a postear en Facebook, de manera un tanto ilusa, creyendo que podía participar de los ecos de un compartir mucho más amplio. En el 94 recorrimos algunos pueblos y varias colonias con nuestros talleres. Esta vez, yo sólo tenía enfrente a mis 800 “amigos” de Facebook, muchos de los cuales no se conmovieron en lo más mínimo con mis rollos electorales. Los que piensan como yo, ya estaban convencidos. Los que no piensan como yo, no cambiaron su visión por ninguno de mis posts.  Sólo tuve un par de conversaciones interesantes con amigos y amigas; con varios, aunque muy pocos, tuve desacuerdos y discusiones de verdad, con divergencias importantes pero tratando de darles cauce. Estos amigos “discutidores” habrán sido unos… diez. En todo caso, estoy seguro que no son ni siquiera quince. No fue ni el 2% de mis contactos, así que el nivel de efectividad fue muy inferior al montaje que hicimos en 94.

Sin embargo, tuve la sensación de participar de algo mucho más grande. De pura casualidad vi un enlace a la presentación de Peña Nieto en la Ibero, y puedo decir que presencié el momento mismo en que los estudiantes lo abucheaban y lo corrían del auditorio. El resto lo vi después. Me sorprendió muchísimo todo. Me sorprendió gratamente cómo nació el movimiento de estudiantes que después se convirtió en #yo soy 132. La verdad, me llenó de expectativas. No pensé que un grupo de estudiantes lograran convocar un movimiento que puso en jaque la candidatura de Enrique Peña Nieto. Hace mucho tiempo que no veía a David alzarse contra Goliat. Y le abollaron la campaña perfecta, lo obligaron a echar a andar toda la maquinaria del PRI, a comprar votos de manera descarada, a mandar acarreados a los mítines, a mandar golpear a los inconformes. Un PRI que parecía tener un nuevo rostro amigable, que decía ser un “nuevo PRI”, más juvenil, incluso más cercano y eficaz, se vio obligado por un puñado de jóvenes a revelarse como es: autoritario, clientelar, superficial y absurdo. A pesar de haber ganado la elección, el dinosaurio violento y corrupto fue puesto en evidencia.


¿Qué pasó, qué nos pasó con las elecciones? Que los inconformes, los que no queremos al PRI en el gobierno nos llevamos un chasco. Aparentemente, los estudiantes de #yo soy 132 nos hicieron fabricarnos una ilusión (que no era su intención, realmente) de que era posible evitar lo inevitable. Quisimos creer que, finalmente, podíamos presenciar un cambio. Los desilusionados quisimos creer… pero amanecimos tristes. Ya sabíamos qué iba a pasar y la ilusión de todos modos se nos murió entre las manos.

Creo que hay una tentación que necesitamos evitar. Y necesitamos evitarla porque nos lleva al fatalismo, a la depresión de pensar que todo da lo mismo. Nuestra tentación sería pensar que nos hemos desilusionado porque el entusiasmo desmedido es pura ilusión. Podemos pensar que la cruda es señal de borrachera. Y no es cierto. No es verdad, porque lo que anhelamos, lo que deseamos para México no es algo malo para nadie: mayor democracia, mayor transparencia, menos corrupción, mejor función del Estado de Derecho para todos. Eso por una parte. Pero por otro lado, también hubo una clara señal de que lo que pensábamos no era ilusorio. ¿Cuál es esta señal?


Ya lo decía: los jóvenes obligaron al PRI a mostrar su verdadero rostro. Pero los modos de actuar del dinosaurio dictatorial también manifestaron señales de una seria cruda post-electoral. El lunes por la mañana, oleadas de gente que había vendido su voto por tarjetas de las tiendas Soriana llegaron a las sucursales más cercanas para canjear sus vales. Querían gastar lo que tenían en las tarjetas antes de que el PRI les quitara lo que les prometió a cambio de vender su propio voto (y el voto de otras personas). Una primera tienda tuvo que cerrar sus puertas ante el exceso de compradores. Y luego una segunda. Además, hubo plantones y bloqueos de personas que pedían que el PRI cumpliera con lo que les había prometido, puesto que ellos habían vendido su voto pero ya no les pagaron. El espectáculo fue grotesco. Como telón de fondo, el virtual ganador de las elecciones diciendo que su partido no había comprado votos.

Esta "cruda post-electoral" del PRI quiere decir que la esperanza no fue una ilusión: había posibilidad de ver un cambio. Pero otra vez el poder corrupto secuestró esta posibilidad. La esperanza no era ilusa. Si no es una cruda de ilusión, ¿entonces de qué es cruda? ¿Qué es lo que nos provoca esta profunda sensación de dolor e insatisfacción? ¿Una “elección perdida”? Francamente, creo que no. Si fuera eso, creo que sería lo mismo cada elección: unos ganan y otros pierden. Pero esta vez hay algo distinto. Con el PRI expuesto, ya sabemos lo que nos espera. Pero el dinosaurio evidenciado nos mostró algo más profundo y todavía más doloroso: en México hay muchísimas personas dispuestas a vender su voto por despensa. México está lleno de personas que viven cotidianamente una violencia y una carestía profundísimas. México está lleno de personas sin horizonte, que no son capaces de ver más allá de lo inmediato. Estamos llenos de intereses mezquinos, pequeños. Hay mucha gente a la que no le importa el futuro del país, justamente porque viven en un país que se ha desentendido de ellos, que los ha abandonado en la miseria.

Yo creo que fue esa pobreza y ese horizonte lo que nos dio en la cara. El dolor viene de ahí, del desengaño de la gente que no es capaz de solidarizarse con un proyecto de país más amplio y más humano, sencillamente porque vive al día. Darnos cuenta de eso es doloroso y vergonzoso, pero no para quienes vendieron su voto. Es vergonzoso para quienes bajamos los brazos demasiado pronto. Creo que toca seguir avanzando después del guayabo del optimismo. Para mí esta es una gran llamada de atención: no habrá jamás democracia, ni proyectos, ni nada mientras exista gente excluida. Porque esa exclusión nos seguirá dando en la cara cuando pretendamos tener días de optimismo como los que vivimos hace poco.