sábado, 10 de marzo de 2012

LA IMPORTANCIA DE LA (RE)LECTURA


Ὁ δ' ἀνεξέταστος βίος οὐ βιωτὸς ἀνθρώπῳ

(Platón, Apología de Sócrates)

La autobiografía se ha puesto de moda. Me ha llamado la atención ver que han proliferado talleres literarios de factura autobiográfica. Evidentemente la literatura es quien lleva la mano en estos ejercicios y se pone mucha atención al estilo, a la buena composición, a la manera de contar historias, a la estructura, etc. Sin embargo, la propia vida recuperada es siempre la música de fondo de los talleres, e incluso me atrevería a decir que es el motivo por el que muchas personas se han decidido a tomar la pluma.

Como toda moda, la autobiografía tiene derivas ridículas. Una amiga mía, que en aquél entonces estaba en un taller de autobiografía, dejó de dirigirme la palabra cuando le dije que muchas biografías de personajes ilustres no eran sino la sublimación de la historia de personas inadaptadas. Ella insistía en que no era así, que los grandes personajes como Lou Salomé o Hölderlin (… bueno, ella escribía algo así como Holdërling) eran un misterio para sus contemporáneos. Me comencé a reír cuando me di cuenta de que en realidad estaba hablando de sí misma, y eso nos costó varios meses de silencio mutuo.

“Exhibir la propia vida en toda su banalidad es una manía posmoderna”, me dijo alguna vez un amigo filósofo. Y tal vez tenga razón. En el fondo, todos somos como aquella amiga mía que se sentía la reencarnación de Lou Salomé: nos sentimos hermosos, indescifrables, sublimes en nuestra propia intrascendencia. Me acuerdo de aquél “diario” del monero Jis, que iba retratando pedazos de su cotidianidad en caricaturas que publicaba en el diario “Siglo XXI”, con todo y experiencias sexuales o parientes que le pedían que no los sacara en su diario. Todo.

Y sin embargo, contar la propia vida tiene un núcleo que nos es ineludible: forma parte de una necesaria relectura de las cosas. Así lo escribe Isabel Allende en su novela La casa de los Espíritus: “la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa, que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, (…) Por eso mi abuela Clara escribía en sus cuadernos, para ver las cosas en su dimensión real y para burlar a la mala memoria.” Siempre me impresionó esta preocupación por ver la relación entre los acontecimientos. Al principio, pensé que era algo así como un “análisis ingenuo” de la realidad, creyendo que los buenos análisis conducen a buenas estrategias y a realizar acciones eficaces.

Nada más lejano a la realidad que esos principios axiomáticos de sociólogo setentero. Y es que la relectura no es sólo cuestión de ver los nexos causales, sino la articulación que va tomando nuestra biografía en nuestro momento actual. En ese sentido, no hay dos autobiografías iguales posibles, así como nunca somos exactamente iguales a lo largo de nuestra historia personal. Se trata más bien de ver las cosas en su dimensión real y, en el fondo, de apropiarnos las posibilidades que ellas nos señalan.

Decir lo anterior, equivale a decir que nuestra vida no nos pertenece completamente a menos que decidamos apropiárnosla. Es lo que dice la frase que Platón pone en boca de Sócrates: “una vida sin examinar no es una vida humana”. Algunos han traducido la frase anterior de una manera interesante: “una vida sin experiencias es una vida sin vivencias”. Como si la experiencia no nos la pudiéramos apropiar más que a través de un esfuerzo de reflexión. Y la reflexión es una relectura. Recuperar la propia experiencia es una relectura de la propia vida.

¿Quiere decir esto que hay que estar escribiendo y releyendo la propia biografía sin cesar? No necesariamente. Porque cuando leemos siempre hacemos el trayecto de reflexión sobre nuestra propia vida. Cuando leemos nos apropiamos de nuestras experiencias. Leer es releerse.

Si alguien lee lo anterior, puede pensar que estas líneas forman parte de las campañas de marketing de Librerías Gandhi. Pero lo que digo es real: leer es releerse. La razón no es sino el camino que se emprende al momento de hacer una lectura. Salimos de nuestro cotidiano, de nuestro universo, de las cosas que le confieren sentido a todo lo que hacemos. Poco a poco, nos vamos adentrando en otro mundo, un mundo narrado, real o fantástico. La distancia que hay entre ambas partes, entre el mundo narrado y el mundo vivido, es lo que nos permite releernos al momento de leer. Puesto que muchas veces tenemos que hacer referencia al mundo que vamos abandonando, el de nuestra biografía personal, para que el mundo narrado tenga sentido, leer no es transportarse a un lugar distinto sino hacer el viaje de ida y vuelta infinitas veces. Ahí está la relectura, en esa distancia que vamos recorriendo incesantemente al momento de apropiarnos, poco a poco, del mundo narrado al que vamos entrando.

Al momento de releernos a nosotros mismos, vamos aceptando, poco a poco, tomar una distancia en relación a la propia cotidianidad. No digo que la lectura sea el remedio mágico contra el narcisismo, pero cuando de manera coloquial hablamos de “ampliar horizontes” o de “ampliar las propias ideas” mediante la lectura, nos estamos refiriendo justamente a este mecanismo. Porque quedarse en el relato autobiográfico narcisista no es sino la evidencia de la pobre calidad de relectura de la (ni tan) propia vida.

Leer como aventura y como salida de la alienación.

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